Evaldo no soltó la mano de Sania ni un segundo. Con el índice le hacía cosquillas en la palma, pero sus ojos estaban serenos, mirando el retrovisor.
El chofer apretó el volante. En un semáforo en rojo, volvió a mirar a los dos de atrás.
Y justo se topó con los ojos del hombre, cargados de intención.
—¿Lautaro, hoy andas nervioso?
Lautaro se enderezó.
—No.
—Mejor. Maneja bien. No quiero ningún “accidente”.
El chofer ya no se atrevió a mirar el retrovisor. Se concentró en la calle.
—Sí, señor.
Sania los miró a los dos, de uno a otro.
¿Sería idea suya?
Porque a ella le sonó como si Evaldo estuviera diciendo más de lo que parecía.
Cuando debió dar vuelta a la derecha, Lautaro cambió de carril y se metió a la izquierda.
Manejaron unos quinientos metros y se detuvieron en un lugar tan vacío que no había ni un alma.
Sania se quedó con cara de sorpresa.
Evaldo se puso el índice frente a los labios de ella, luego abrió la puerta y volvió a cargarla. La pasó a otro auto que estaba estacionado ahí.
Lautaro también se cambió rápido de coche, dio vuelta y siguió adelante, volviendo a integrarse a la caravana de la boda.
En el lugar de la ceremonia, Noa miraba el rastreador en sus manos. Tenía un control remoto y sonrió apenas, como si nada.
Ella había dicho que le daría a Sania un “gran regalo”.
Ni Evaldo se imaginaría que ella compraría a la persona de más confianza a su lado.
En cuanto el auto entrara al lugar de la boda, ella apretaría el botón.
Sería el primer “cohetazo” de su boda. Qué felicidad.
Sentada en su coche, vio que la fila larga de carros se acercaba. Esa maldad que le brincaba por dentro se le encendió más.
El lugar de la boda, lleno de cuerpos tirados… qué espectáculo.
Tal como esperaba, el carro de los novios se detuvo en la entrada.
Evaldo y el chofer bajaron.

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