Tal como el abogado de Noa había previsto, ante las acusaciones de la fiscalía, él casi no tuvo con qué responder.
A la mitad, ya sabía que el caso no tenía por dónde sostenerse.
Videos, testimonios, el daño real de las víctimas… todo era demasiado contundente.
Y, además, cuando ocurrieron los hechos, Noa ya tenía más de dieciséis: podía responder penalmente.
Cuando el juez le preguntó si se declaraba culpable, Noa asintió en silencio.
Era lo único que su abogado había podido pensar para intentar bajar la condena.
A la mitad de la audiencia, Sania perdió el interés.
Como si verla así no la hiciera más feliz.
Porque el daño a las víctimas no se borraba.
—Vámonos —Sania le rascó la palma a Evaldo con el meñique.
Él entrelazó los dedos con los de ella.
—Sí. Como tú digas.
Cuando se levantaron para irse, la expresión apagada de Noa tuvo un pequeño cambio.
Luis siguió su mirada y vio la espalda de Sania alejándose.
Su mirada se hundió. Y salió detrás de ella.
Evaldo fue al baño. Sania esperó afuera, distraída, hasta que levantó la vista y se topó con la cara de Luis, cargada de rabia.
—Sania, dejaste a mi hermana así… ¿ya estás contenta?
Sania apartó la mirada.
—Ella fue la agresora. ¿O quieres decir que yo le puse un cuchillo para obligarla a acosar a compañeros más vulnerables?
Luis no estaba dispuesto a escuchar.
—No te hagas la lista. ¡Tú la tendiste! ¡Tú la hundiste a propósito!
—Mi hermana jamás le haría eso a nadie.
Sania soltó una risa seca.
—No sé cómo, con ese cerebro, lograste entrar a la universidad.
—Ya estuvo. No tengo tiempo para tus dramas. Dile eso al juez. O si quieres… ¿por qué no me demandas tú?
Los ojos de Luis brillaron con una maldad fría.
—Sania, te lo advierto. ¡Después no te arrepientas!
Sania sonrió, helada.
—No me voy a arrepentir. La que sí se va a arrepentir es tu hermana, cuando esté en la cárcel.
Luis se dio la vuelta furioso; hasta su espalda parecía temblar de enojo.
Evaldo salió con las manos en los bolsillos. Siguió la dirección de la mirada de Sania.
—¿Te vino a buscar pleito?
Sania se encogió de hombros.
—No. Solo vino a hablar por hablar. Aparte de enojarse y soltar amenazas, no sabe hacer nada.
Evaldo se lo anotó mentalmente.
—Vamos. Te llevo a la empresa. O si quieres, en la tarde nos vamos a casa a descansar.

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