Dicho eso, el humo del escape negro le dio de lleno en la cara a Marco.
Su mirada se volvió oscura.
Evaldo.
Por culpa de ese Evaldo, Sania se había ido alejando de él paso a paso.
—
Sania miró el perfil marcado del hombre que manejaba y se sorprendió.
—¿Mañana es su audiencia?
—Sí —Evaldo giró un poco la cabeza—. ¿Quieres ir a escuchar?
—Sí —respondió Sania casi sin pensarlo.
El “gran día” de Noa, ¿y ella por qué no iba a ir?
Noa llevaba días extrañamente callada, tan callada que hasta Luis García estaba asustado.
—Hermana, no te preocupes. Si hoy la primera sentencia sale mal, todavía podemos apelar.
Noa soltó una risa fría.
—No va a haber “todavía”.
A Luis se le apretó el pecho.
—Hermana, no me asustes. ¡Vas a estar bien!
Noa lo miró con una esperanza rara en los ojos y bajó la voz.
—Luis… si a mí me pasa algo, ¿me ayudarías?
Luis nunca había visto a su hermana así, pero asintió por instinto.
—Hermana, claro que sí. Te lo juro. ¡No te voy a dejar sola!
Noa sonrió apenas.
—Gracias… gracias por no rendirte conmigo.
Pero esa sonrisa daba escalofríos.
—

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