A la mañana siguiente, Evaldo manejó temprano y llevó a Sania al centro comercial.
—Este cómpralo más caro. La próxima vez que alguien lo robe, que le caiga una condena más pesada.
Sania lo miró de reojo.
—No me lo van a volver a robar. No me voy a quitar el anillo, ¿ya?
Evaldo sonrió, satisfecho.
—No te estoy reclamando. Si se pierde, se compra otro. Yo no lo dije por eso.
Llegaron a la joyería y, en cuanto entraron, los empleados cerraron para atenderlos en privado.
—Señor, señora, ¿qué les gustaría ver?
Sania notó la movida.
—¿Tú ya lo tenías preparado?
El trato era clarísimo: habían despejado el lugar para darles un servicio exclusivo, como si ya conocieran a Evaldo.
Evaldo asintió hacia ella.
—Sácalos.
—Sí, señor.
El vendedor se inclinó y sacó una charola. Con guantes, colocó dos anillos encima.
—Señora, estos son los anillos de boda personalizados que un diseñador italiano hizo especialmente para ustedes hace unos días. ¿Quiere probárselos?
El de hombre era de un tono oscuro, tipo negro grafito, sin exceso de diamantes; apenas unos zafiros azules, discretos, como un detalle al descuido.
El de mujer, en cambio, era mucho más llamativo: un zafiro azul en forma de gota, rodeado por diamantitos que parecían dibujar una especie de luz de estrellas.
En la parte interna, casi imperceptible, estaban grabados los nombres de ambos.
Uno brillante. El otro sobrio.
Ese par era mil veces mejor que el que habían elegido a la carrera la primera vez.
—¿Te gusta? —preguntó Evaldo.
Los ojos almendrados de Sania brillaron más que el anillo.
—Me encanta.
Solo con escucharla decir “me encanta”, Evaldo sintió algo en el pecho. Él mismo se lo puso.
—Si te encanta, entonces perfecto.
Cuando llegó el momento de pagar, Sania contó los ceros y se le entumeció la cara.
—¿Me estás diciendo que este par cuesta diez millones?

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