Yuria tardó en calmarse.
—Sania… ¿tú conoces al señor Camoso?
Sania curvó los labios, como si nada.
—El día de la cita me senté en la mesa equivocada. De pura casualidad terminé sacando el acta y casándome con el señor Camoso.
No le preocupaba que Yuria no le creyera. En su celular tenía la foto del acta.
—No te preocupes, esto no es falso. Y aunque lo fuera, lo descubrirían, ¿no?
Yuria tomó el teléfono y amplió la imagen una y otra vez. La fecha era la del día de la cita que ella misma le había organizado.
Y en la parte de “cónyuge” aparecía claramente el nombre de Evaldo.
A Yuria todavía le parecía irreal.
Su hija no se casó con el hijo de los Lenso… ¡se casó con el heredero de los Camoso!
Cien familias Lenso no valían una familia Camoso.
En seguida se le pintó una sonrisa y cambió el tono:
—Sani, lo de hace rato estuvo mal. Mamá no debió pegarte. Yo solo me preocupé por ti.
—Mañana te traspaso las acciones, para que tengas tu futuro bien amarrado, ¿sí?
Sania mostró una burla en la mirada.
—Mamá, eso siempre fue mío.
Yuria se tensó un segundo, pero mantuvo la sonrisa.
—Sí, es la herencia que te dejó tu papá. Antes eras chica y yo solo la administraba por ti.
—No te preocupes, el hotel es tuyo. Solo que ahorita Julián lo está gestionando. Puedes entrar y aprender con él primero.
Sania sabía que no le gustaba cómo trabajaba Julián. Lo primero que hizo al entrar fue sacar a la gente de confianza de su papá y meter a los suyos.
Cuando ella tuviera las acciones, quién sabía qué le haría ese tío para frenarla.
Pero por ahora, lo importante era recuperar lo suyo.
Sania asintió.
—Está bien. Mañana hacemos el trámite. En tres días quiero todo el paquete de acciones que está a tu nombre.
—Y otra cosa: lo de mi matrimonio con los Camoso, por ahora lo guardas. Además de Alejandro, no quiero que lo sepa nadie.
Yuria se quedó quieta.
—¿Por qué?
Sania alzó una ceja.
—Es lo que quiere mi esposo.


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