Petra había corrido al hospital ese día. Al ver a su hijo así de mal, se le partió el alma.
Pero al enterarse de que quien lo golpeó fue Marco, no podía hacer nada.
Si no había boda, ni modo… pero ¿por qué llegar a eso?
Noa bajó las escaleras y oyó a Yuria hablando por teléfono. Frunció el ceño.
—Mamá, ¿qué pasó? ¿Cambió algo de la boda de Sania?
A ella no le convenía para nada que cancelaran ese compromiso.
Yuria se masajeó las sienes, sin ánimos.
—Noa, tú no te metas.
Se fue directo al despacho.
Alejandro también quedó sorprendido con la cancelación de los Lenso.
Pensó un momento.
—¿No será que tu hija se echó para atrás y fue a hacer escándalo con los Lenso?
Yuria también lo pensó. Se le subió el coraje a la cara.
—¡Ahorita mismo la llamo!
Sania no sabía nada de la golpiza.
Recibió la llamada en casa y fue a la mansión de los García.
Creía que Yuria por fin había cedido y le adelantaría el traspaso de acciones.
Pero apenas entró, Yuria le soltó una cachetada.
Sania se quedó tiesa. El ardor tardó medio segundo en llegar y luego le quemó toda la mejilla izquierda.
La humillación dolió más que el golpe.
Esa cachetada terminó de romper lo poco que aún quedaba entre madre e hija.
A un lado, Noa fingió sorpresa, con un brillo de satisfacción en los ojos.
—Sania… ¿otra vez hiciste enojar a mamá?
Sania bajó la mirada y soltó una risa fría. Luego levantó la mano y le dio una cachetada a Noa.
Noa abrió los ojos, incrédula.
—¿Me pegaste?
—Te pegué y punto. ¿O tengo que pedir cita? —Sania se burló—. No te metas en mis cosas. Y mejor, mantente lejos de mí.
Yuria se quedó en shock, como si no reconociera a su hija.
—¿Por qué le pegas a Noa? Sania, ¿te volviste loca?


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