Marco se burló por dentro.
¡Con razón no venía a buscarlo!
¿Así que esa mujer creía que, por tener a la familia Lenso como respaldo, ya podía tratarlo como si no existiera?
Ni de chiste.
Marco se tragó el coraje y habló con frialdad:
—Ajá. Noa, al rato tengo una reunión. Pórtate bien, tú vete primero. Otro día, cuando no ande tan lleno, paso por ti y te invito a comer.
Noa hizo puchero, de malas.
En el fondo le nació una duda: ¿sería que él estaba molesto por lo de la boda de Sania?
Pero no se atrevió a preguntarlo. Solo apretó los labios y dijo bajito:
—Está bien. Marco, cuando descanses tienes que venir a verme, ¿sí?
Marco la acompañó abajo y, apenas se dio la vuelta, con la cara oscura marcó el número de Sania.
Pero, para su incredulidad, ella lo había bloqueado.
A Marco se le aceleró la respiración. Abrió el chat de los dos y le mandó un signo de interrogación.
En seguida apareció el aviso en rojo: ¡no entregado! ¡Esa mujer lo había bloqueado!
Marco soltó una risa de pura rabia. Sania, con qué cara.
Se pasó toda la tarde en reuniones con el ánimo por los suelos.
A las nueve de la noche, ya no aguantó y manejó hasta el edificio donde vivía Sania.
Sabía que Sania no iba a volver a la mansión de los García; su relación con su madre siempre había sido tirante.
Y, lejos de él, lo único que le quedaba era regresar ahí.
Marco apretó el timbre, conteniendo la furia, pero nadie abrió.
Una vecina salió y lo miró de reojo. Luego preguntó:
—¿Buscas a la muchacha del 605?
Marco apretó la boca.
—Sí.
—Ay, mijo, ella se mudó hace unos días. Creo que se fue a vivir con el novio.
Al oír la palabra “novio”, la cara de Marco se puso negra.
Bajó, le pidió prestado el celular a un desconocido y por fin la llamada entró.


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