—¿Te gustó? Si no, dile a Lucía. Ella sabe cocinar de todo y lo hace bien.
Lucía se animó.
—¡Sí, señora! Mejor agrégueme. Así me dice cada día qué se le antoja y yo se lo preparo.
Y así, el contacto de Sania sumó una persona más.
Después de desayunar, Sania quiso quedarse en su cuarto.
Pero irse sin más se sentía grosero, así que tomó un libro de administración hotelera y se sentó en el sillón a leer.
El sonido de los cubiertos, la masticación suave, y el pasar de páginas, llenaban el silencio.
Evaldo se limpió los labios con calma y se fue a cambiar. Volvió con un traje blanco y dos corbatas: una gris y una azul.
—Hoy tengo una comida de negocios. ¿Cuál se ve mejor?
Sania se sobresaltó y dejó el libro.
Miró con atención.
—La gris… ¿no? Siento que combina más con el tono del traje.
Evaldo sonrió.
—Va. Esa.
Sania esperó que se fuera, pero él se quedó mirándola fijo.
—¿Quieres aprender de administración?
—Con lo del libro no alcanza.
Sania sí quería ponerse al día con la gestión hotelera. Pensó en el nivel de Evaldo y se animó a preguntar:
—Sr. Camoso, ¿me recomienda algún curso? ¿Algo que valga la pena?
“Sr. Camoso”.
Ese trato no le gustó.
Evaldo apretó un poco los labios.
—Somos esposos. “Señor” suena distante. Ni mi papá te lo va a dejar pasar.
—Puedes decirme Evaldo. O “esposo”, si quieres.
La luz de la mañana le daba en la cara y ella no supo si fue por el sol o por lo que él dijo, pero se le encendieron las orejas.
Evaldo dejó de molestarla.
—Para aprender, mejor que alguien te lleve. ¿Hotel? Tengo un amigo cuya familia maneja hoteles. Luego te paso su contacto. Lo que no entiendas, le preguntas.
Sania asintió, suave.

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