Evaldo tuvo paciencia. Mandó a dos personas para ayudarle a Sania a sacar sus cosas del departamento.
Ese depa era el que su abuela le había dejado.
Cuando vendieron la casa vieja, Sania puso un poco más y compró ese lugar.
Su abuela le decía que era para protegerse.
Que si un día se casaba y le iba mal, aunque se divorciara, al menos tendría dónde caer.
Cada vez que pensaba en su abuela, se le ablandaba el corazón.
En este mundo, la única que había sido buena con ella era su abuela.
Sania metió sus tres maletas en el cuarto de visitas.
Lucía era empleada de la casa grande de los Camoso. La habían mandado para encargarse del día a día de Evaldo.
A Evaldo no le gustaba que lo siguieran, así que le había asignado a Lucía una habitación aparte, como cuarto de servicio.
Muchas empleadas la envidiaban por tener un patrón así.
Y Lucía, por su parte, era muy responsable.
—Señora… el cuarto principal es el de al lado. ¿No puso las maletas donde no era? —preguntó Lucía.
A Sania le dio pena el “señora”.
—No, están bien aquí. ¡Yo duermo aquí!
Si Evaldo de verdad prefería a los hombres, y además lo de ellos era un acuerdo, ella podía aceptar vivir juntos, pero no compartir cuarto.
Lucía miró de reojo hacia el estudio, donde el señor estaba ocupado, y suspiró.
Regresó a su cuarto y corrió a avisarle al padre.
—Señor, la señora ya se mudó con el joven. Pero están durmiendo en cuartos separados.
Sandro no se sorprendió.
—Está bien. Gracias. Tú ayúdame a acercarlos lo más que puedas.
No le quedaba de otra. Su hijo de verdad prefería a los hombres.
Sandro solo podía intentar que funcionara y, al mismo tiempo, se sentía culpable con su nuera.
Casarse con su hijo… era una injusticia para ella.
-
VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Oops! Casada con el chico equivocado