Lorena volvió a reír a carcajadas, mirando al techo.
—¿Cómo lo supo, señora Silvia? No entiendo qué le pasa a mi cabeza, pero no puedo dejar de pensar en su hijo todo el día. No puedo sacármelo de la mente.
Diciendo esto, comenzó a golpearse la cabeza con el puño.
—Mire, lo golpeo y no se va. ¿Me puede explicar por qué?
Silvia la miró petrificada, pálida como un fantasma. Definitivamente, Lorena había perdido la razón. Esto era un desastre...
Mientras Silvia intentaba idear una salida, sintió un tirón en el bajo del pantalón. Miró hacia abajo y vio a Erika haciéndole gestos desesperados con los ojos, indicándole que corriera.
Justo entonces, Lorena pegó un grito que hizo eco en las paredes:
—¡Señora Silvia! ¡¿Se larga o no?! ¡Si no se va ahora mismo, la voy a enterrar en el mismo pozo que a esta perra!
Silvia dio un respingo por el susto, miró de reojo a los dos hombres imponentes, y un sudor frío le empapó la espalda.
La mujer estaba de atar, y era imposible que ella pudiera enfrentar a esos matones. Pero si se iba, Erika terminaría muerta en manos de esa psicópata. Y si Erika moría, sus nietos se quedarían sin madre, y su hijo... su hijo probablemente moriría de tristeza...
Al ver que Silvia seguía paralizada, Erika levantó la voz y le gritó con furia:
—¡Váyase de una vez! ¡No necesito su hipocresía! Sé perfectamente que solo finge para quitarme a mis hijos. ¡Me tiene harta siguiéndome a todas partes! Ahora que estoy atrapada, ya no tiene que fingir. ¡Por fin se cumplió su deseo! ¡Lárguese!
Silvia se giró hacia Erika, completamente desconcertada.
—N-no... yo no...
Quiso explicarle que no tenía ninguna intención de arrebatarle a los niños, pero Erika la interrumpió a gritos:
—¡Que se largue! ¡No quiero escuchar nada de lo que tenga que decir! ¡Váyase! ¡¿Acaso no se lo dejé claro cuando la desaté?!


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