La noche era silenciosa y reinaba la calma absoluta.
Valerio acababa de salir de la ducha y se disponía a meterse en la cama, cuando la pantalla de su teléfono, sobre la mesita de noche, se iluminó con la notificación de un nuevo mensaje.
Lo tomó para revisar. Era un mensaje de texto de un número desconocido:
*Valerio, te estaré esperando en los terrenos del antiguo campamento de verano. Ven a verme a solas, dentro de una hora. Estaré en el quiosco de descanso, al sureste del lugar.*
Al leer esas palabras, la mirada de Valerio se afiló como una cuchilla. Se sentó de golpe en la cama. Si no era Lorena, ¿quién más podría ser?
Sin dudarlo un segundo, respondió con un simple: *De acuerdo*. Luego, saltó de la cama, se vistió rápidamente, tomó sus llaves y el celular, y salió de la habitación a grandes zancadas.
Subió a su auto, encendió el motor y salió disparado hacia la noche como una flecha.
Mientras conducía, llamó a Diego Álvarez y le dio instrucciones precisas y tajantes.
Después, se concentró por completo en el camino, acelerando a fondo hacia su destino.
Durante el trayecto, su mente repasaba una y otra vez todos los escenarios posibles, sintiendo una inquietud latente.
En menos de una hora, Valerio llegó a los terrenos del antiguo campamento.
Habían pasado años, y el lugar estaba completamente abandonado. La maleza había crecido a sus anchas, y las estructuras estaban en ruinas, dándole el aspecto de un lugar desolado en medio de la nada.
Valerio encendió la linterna de su teléfono y, guiándose por esa débil luz, caminó con cautela hacia donde le habían indicado.
Aún estaba a cierta distancia del quiosco cuando divisó una silueta borrosa en el interior.

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