Erika asintió y les ofreció tomar asiento para que descansaran un momento.
Sin embargo, los guardaespaldas se negaron cortésmente y de inmediato comenzaron a levantar con cuidado las cajas que ya estaban empacadas en la sala.
Justo cuando dos de ellos salían cargando una caja, Valerio entró por la puerta.
Llevaba ropa informal de color negro y su mirada era profunda.
Al ver a Erika parada en medio de la sala, frunció ligeramente el ceño y habló en voz baja:
—¿No te dije que descansaras? ¿Por qué sigues despierta?
Erika lo miró, sintiendo una extraña emoción revoloteando en su pecho.
—No te preocupes. Mañana es fin de semana, puedo dormir hasta tarde.
Valerio asintió. Se quedó de pie observando cómo los hombres sacaban las cosas y luego les dio una orden precisa:
—Asegúrense de que ningún vehículo los siga en el camino. Si notan a alguien detrás de ustedes, acorrálenlo y llamen de inmediato a Diego Álvarez.
—Sí, señor Ramírez.
Una vez que los guardaespaldas salieron, Valerio caminó lentamente hacia el sofá y se dejó caer. Parecía envuelto en una pesada nube de agotamiento. Al notar esto, Erika se apresuró a buscarle un vaso con agua y se lo ofreció suavemente:
—Es muy tarde. Bastaba con que ellos hicieran el trabajo, no tenías que venir personalmente.
Valerio se masajeó las sienes, revelando el cansancio en su rostro, pero trató de mantener una postura firme.
—No pasa nada. Aún no tengo sueño.
Erika se sentó en el sofá de al lado, apoyó las manos en su regazo y bajó un poco la mirada, sin saber muy bien qué decir. Un profundo silencio inundó la habitación.
Minutos después, Valerio levantó la vista. Sus ojos, impregnados de una inusual ternura, se posaron en ella.
—Quiero hablar de algo contigo.
Erika alzó un poco el mentón, mirándolo con curiosidad.
—¿De qué se trata? Dime.
Valerio tomó un sorbo de agua antes de responder.

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