Lorena sabía perfectamente cuál era el motivo del rencor de Vanesa: nunca le había entregado el dinero prometido.
La fiereza en los ojos de Lorena comenzó a desvanecerse, dando paso a una expresión de absoluta vulnerabilidad y angustia.
Su voz perdió la dureza y se quebró.
—Vanesa... yo...
Las lágrimas asomaron a sus ojos, acumulándose rápidamente hasta desbordarse. Bajó la navaja muy despacio, se cubrió el rostro con las manos y rompió en un llanto desgarrador.
Vanesa, aprovechando el descuido, le arrebató el arma en un movimiento rápido. La empuñó con ambas manos, apuntando directamente al pecho de Lorena.
—¡No me vengas con tus lágrimas de cocodrilo! —le advirtió, con la voz temblorosa—. ¡Si intentas hacerme algo, te juro que me defiendo!
Lorena la miró a través de las lágrimas. Se señaló el cuello y soltó una risa ahogada y patética.
—Si tanto me odias, hazlo. Esta es la yugular. Si me cortas aquí, ni los mejores médicos del mundo podrán salvarme. Así al fin podrás vengar todo lo que sufriste.
Vanesa mantenía las manos temblando alrededor de la navaja, sin bajar la guardia.
—No quiero volver a pisar la cárcel por tu culpa. ¡Lo único que quiero es que pagues por lo que hiciste!



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón