La tarde anterior había recibido un mensaje de texto de Martina que decía:
*«Por fin terminamos de grabar, Eri. Estoy exhausta y de muy mal humor. Compré algo de beber y vine a descansar a un hotel cercano antes de ir a casa. Si tienes tiempo, ven a hacerme compañía un rato. Estoy en la habitación A6 del Hotel Idilio, en Camino de las Estrellas. Mi celular no tiene batería, lo apagaré para cargarlo».*
Para cuando vio el mensaje, ya habían pasado varios minutos. Intentó llamar a Martina para preguntarle qué sucedía, pero la llamada no conectó.
Se apresuró a llegar al lugar. Al estar frente a la puerta, notó que estaba entreabierta.
Entró mientras llamaba a Martina por su nombre, pero apenas dio unos pasos en el interior, sintió que su visión se nublaba. Antes siquiera de poder sacar su celular, perdió el conocimiento.
Erika intentaba con todas sus fuerzas recordar hasta ese punto, cuando de pronto notó que en el sofá cercano había ropa de hombre esparcida.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Bajó de la cama aterrorizada y corrió hacia el sofá...
Mientras tanto, en la planta baja, Valerio y Diego ya habían llegado a la entrada del hotel. Diego estacionó el auto, pero no quitó los seguros de las puertas. Se giró hacia atrás y preguntó con cautela:
—Señor Ramírez, ¿quiere... quiere que suba yo primero a echar un vistazo?
Un destello de confusión cruzó por los ojos de Valerio, pero rápidamente observó el gran letrero del hotel. Luego devolvió su mirada gélida a Diego, evidentemente molesto.
—¿Crees que Erika no fue secuestrada, sino que vino aquí a revolcarse con otro hombre? —espetó—. ¿Tienes miedo de que no soporte verlo?
Diego no esperaba que Valerio leyera su mente con tanta facilidad. Por un instante, no se atrevió a pronunciar palabra.
Ese hotel era famoso en toda la ciudad por ser un motel exclusivo para parejas, y Erika... solo había estado desaparecida una noche...
Si alguien la hubiera secuestrado, definitivamente no la habría traído a un lugar como ese...
Mientras Diego divagaba en sus sospechas, la voz helada de Valerio lo sacó de sus pensamientos.
—¡Abre las puertas!
Diego dudó un segundo, quitó los seguros y le tendió un cubrebocas a Valerio.
—¿Desea ponerse esto...? Siendo un presidente tan importante, entrar a un lugar así...

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