Los ojos de Martina se llenaron de lágrimas de rabia, pero su voz se mantuvo helada.
—Gustavo, hace años que somos unos completos desconocidos. Si me vuelves a molestar, te vas a arrepentir.
Dicho esto, Martina caminó hacia la puerta de las escaleras de emergencia, pero él se interpuso en su camino.
—Marti, acompáñame a un lugar. Te contaré por qué me fui y por qué no pude regresar en todos estos años.
Ella soltó una risa burlona.
—¿Y tú quién te crees que eres? Ya tengo novio y casi estamos comprometidos. Si te queda un mínimo de dignidad, deja de acosarme.
Gustavo dio un paso adelante, intentando tomarla de la mano, pero ella lo esquivó con rapidez.
Él se quedó bloqueando la salida y la miró fijamente.
—¿Ese novio tuyo es el mocoso que te anda siguiendo a todos lados? Con lo servicial que es, parece más tu asistente que otra cosa.
Martina entrecerró los ojos y escupió las palabras:
—¿A ti qué te importa? ¡Muévete!
Una sombra de tristeza cruzó la mirada de Gustavo. No se movió. En cambio, le habló con calma:
—Marti, por la forma en que me tratas, me doy cuenta de que en el fondo todavía me odias. Y si me odias, es porque todavía te importo. No puedes conformarte con cualquiera solo por despecho.
Martina lo fulminó con la mirada.
—¡Eres un maldito arrogante! ¿Con qué derecho vienes a juzgar mi vida amorosa? Eres un chiste, Gustavo.
Fuera de sí, Martina le mordió el brazo y le soltó una patada en la pierna. Aun así, él no se apartó. Solo suspiró y dijo en un tono melancólico:
—Desahógate. Cuando termines, te dejaré salir.
Martina se cansó de forcejear, sintiéndose ridícula.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón