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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 811

Erika escuchaba las palabras de Mario mientras leía el mensaje de texto en la pantalla:

[Asegúrate de recomendarle la figura de El Sabio de la Longevidad. Una vez que lo logres, busca la manera de cambiarla por la que tiene la grieta. Te daré doscientos mil pesos como recompensa. Si no logras que la compre, mantente atento a mis señales para actuar].

Erika sintió un nudo opresivo en el pecho. ¿Así que Yolanda había improvisado esta trampa? Y si el plan con la joya no funcionaba, ¿tenía otras artimañas preparadas?

Eso significaba que el repentino cambio de actitud de esa mujer y sus disculpas hacia Alma no eran sinceros; solo estaba preparando el terreno para que ella bajara la guardia.

Qué mujer tan despiadada, qué tácticas tan crueles.

Erika intentó controlar sus emociones. Al ver que Mario seguía arrodillado en el suelo, lo miró con desconcierto.

—Lo tuyo lo manejará el gerente Quiroga —dijo Erika con frialdad—. Ya puedes irte.

Pero Mario no se movió. En cambio, juntó las manos frotándolas con desesperación y le suplicó:

—Señorita Milán, no, señora Ramírez, por favor. Usted tiene mucho poder, sálveme. Además de enviarme este mensaje, Yolanda me amenazó. Me dijo que si abría la boca, me haría la vida imposible. Yo... hace un momento intenté contactar a mi familia y no pude. Sospecho que ella los tiene retenidos. ¡Se lo ruego, ayúdeme!

Erika guardó silencio por un momento antes de responder.

—Primero, no soy la señora Ramírez. Segundo, esos son problemas entre ustedes y no me incumben. No proceder legalmente en tu contra ya es suficiente piedad de mi parte.

Dicho esto, arrojó al suelo la caja con la joya agrietada y salió por las escaleras de emergencia sin mirar atrás. Mario intentó levantarse para seguirla, pero uno de los guardaespaldas lo pateó con fuerza, enviándolo al suelo de nuevo.

Al llegar cerca de su auto, Erika se dirigió con amabilidad a los cuatro hombres.

—Me han sido de gran ayuda, muchas gracias.

Mientras hablaba, sacó su billetera del auto, extrajo una tarjeta y se la ofreció.

—Tomen esto, invito yo la comida.

El líder de los guardaespaldas se apresuró a hacer una ligera reverencia.

—Señorita Milán, no podemos aceptar esto, pero agradecemos profundamente el gesto. El señor Ramírez nos ordenó protegerla; mientras usted esté a salvo, nuestra misión está cumplida. Con permiso.

Con un ademán de su mano, los otros tres hombres lo siguieron a paso rápido y pronto desaparecieron en la inmensidad del estacionamiento.

Capítulo 811 1

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