Erika, lejos de mostrar lástima, le respondió con palabras afiladas como cuchillos:
—Yo también fui pobre, y muchas veces ni siquiera tenía para comer, pero siempre actué con rectitud y honestidad. Tu gerente tiene razón: la pobreza no es excusa. Además, cuando te pregunté al principio, ¿dijiste algo? Solo al ver a mis hombres y sentir miedo decidiste hablar. Si nadie hubiera descubierto esto, ¿estarías arrepentido? ¡Por supuesto que no! Esta vez fue Mario pidiéndote borrar las grabaciones; la próxima vez sería cualquier otro pidiéndote robar las llaves. En resumen, si nadie te descubriera, no sentirías la más mínima culpa ni mucho menos confesarías.
Al escuchar el desprecio en las palabras de Erika, el hombre pasó del pánico a la rabia total. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, y justo cuando parecía que iba a lanzarse sobre ella, el guardaespaldas se adelantó y lo inmovilizó por completo.
Erika, tragando el susto que le recorrió el cuerpo por un instante, comentó con desdén:
—Parece que fui demasiado suave con mis palabras...
El rostro de Quiroga se oscureció. Le dio una fuerte patada al hombre, y girándose hacia Erika, intentó sonar pacífico:
—Señorita Milán, no vale la pena alterarse por este sujeto. Déjelo aquí, me encargaré de sancionarlo según el reglamento de la empresa y luego lo entregaré a la comisaría.
—Muchas gracias, señor Quiroga —agradeció Erika por cortesía.
Quiroga inclinó un poco la cabeza:
—No hay de qué, señorita Milán. Gracias a usted y a la señorita Quintana, porque de lo contrario jamás habría descubierto los sucios trucos del tal Mario. Ay... alguien con tanta malicia seguramente no es la primera vez que lo hace.
Erika frunció el ceño, pero no dijo más nada.
Tras intercambiar unas últimas palabras de cortesía, ella, Martina y los guardaespaldas salieron de la oficina.
Ya afuera, Erika les indicó con calma a los hombres:
—Regresaré al estacionamiento. Necesito que busquen la forma de traer a ese tal Mario. Ya sea engañándolo o arrastrándolo, pero háganlo rápido.
—Sí, señorita Milán —respondieron los hombres con firmeza.
Cuando Erika y Martina llegaron al auto, Martina alzó una ceja y comentó:
—Pensé que como el chico te rogó tanto lo ayudarías. Sonaba bastante patético.
Erika jugueteaba distraída con la grabadora en su mano. Suspiró un poco antes de contestar:

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