Al ver la sorpresa mezclada con tristeza en el rostro de Liliana, Erika continuó hablando.
—Mamá, ya te lo había dicho antes. Cuando me divorcié de Valerio Ramírez, no me llevé ni un centavo suyo. La gente que me conoce dice que fui una idiota, pero no es así. Solo busco tranquilidad. Y con la familia Romero, es exactamente lo mismo. Por favor, explícales esto a papá y a Leonardo. Es una decisión que ya he meditado bien.
Liliana estaba abrumada. Con la voz quebrada, preguntó:
—¿De verdad vas a renunciar a la parte que te corresponde? El patrimonio de la familia Romero no es cualquier cosa.
Erika asintió con firmeza.
—Mamá, ya he pasado por demasiado y estoy agotada. Para mí, lo más importante es tener una vida estable, criar bien a mis hijos y estar en paz. Bueno, seguro ya casi sirven la comida. Me despido.
Erika le dio unas palmaditas reconfortantes en el brazo a Liliana y luego llamó a los niños.
Justo cuando Erika y los pequeños llegaban a la puerta principal, se toparon con su abuelo, que venía saliendo.
Caminando hacia ella con paso lento, él exclamó:
—¡Eri! ¡Eri, muchacha! ¿A dónde vas?
Al escuchar su voz, Erika se detuvo, mostró una sonrisa cálida y respondió.
—Abuelo, voy a llevar a los niños a casa. Hace mucho viento aquí afuera, deberías entrar.
—¿Irte? —El anciano frunció el ceño, confundido—. Pero si ya casi sirven el banquete. ¿Por qué te vas tan pronto? Hoy es el cumpleaños de tu abuela. Vamos, entra conmigo.
Erika miró su rostro amable. Esa calidez que emanaba de él le recordó irremediablemente a Don Ireneo, el abuelo de Valerio.
Sin embargo, la actitud de la abuela la había dejado demasiado incómoda como para quedarse.
—No, abuelo, te lo agradezco —respondió Erika con voz suave—. Los niños son muy pequeños y no están acostumbrados a estar en lugares con tanta gente. Vendré a visitarlos en un par de días.
Los pequeños, que miraban atentos hacia arriba, asentían vigorosamente con cada palabra que decía su madre.



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