Al mediodía, justo cuando Erika estaba a punto de pedirle a Amelia que ordenara el almuerzo, la puerta de la oficina se abrió de par en par.
La imponente figura de Valerio apareció en el umbral, caminando con pasos firmes.
Colocó una elegante caja de regalo sobre el escritorio de Erika y dijo con voz suave:
—He tenido muchos asuntos estos últimos días, pero hoy por fin encontré tiempo para acompañarte a almorzar.
Al verlo, los detalles del artículo que Erika apenas había logrado bloquear volvieron a inundar su mente. Apretó los labios, sin mostrar una sonrisa, pero sin ser fría, y respondió:
—Hay mucho trabajo en el estudio, no tengo tiempo para salir a comer. ¿Necesitas algo?
Valerio frunció levemente el ceño. Su mirada profunda, intensa como una antorcha, se clavó en el rostro de Erika, intentando descifrar cualquier pista en sus sutiles cambios de expresión.
—Eri, ¿qué pasa? ¿Estás de mal humor? —preguntó Valerio, con una mezcla de preocupación y duda.
Erika apartó la mirada, evadiendo sus ojos cálidos y escrutadores.
—No, es solo que tengo demasiado trabajo y estoy un poco cansada.
Valerio rodeó el escritorio y se acercó a ella.
—¿Pasó algo? —insistió en tono suave.
Erika se mordió el labio y respondió en un susurro:
—No.
Valerio frunció más el ceño. Apoyó las manos con delicadeza sobre los hombros de ella, intentando hacer que se volteara para enfrentarlo.
—Eri, si pasa algo, dímelo. Lo que sea, puedo solucionarlo.
Un destello de cansancio casi imperceptible cruzó la mirada de Erika. Movió los hombros para zafarse de su toque y forzó una leve sonrisa:
—Tuve mucho trabajo esta mañana y me agoté. ¿A qué viniste?
Valerio estaba seguro de que algo andaba mal, pero al ver que ella no quería hablar, tomó la caja de regalo del escritorio y dijo:

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