Penélope bajó la cabeza, y su voz tembló al hablar:
—Sé que me equivoqué. Me dejé llevar por la codicia y te traté muy mal. Pero Isabel y Samuel no tienen la culpa. Son inocentes y, además, no tienen la misma capacidad que las personas normales. Te lo suplico.
Erika se mordió el labio. Una luz implacable brilló en sus ojos mientras desviaba el tema de golpe:
—Penélope, Lorena vino a verte, ¿verdad? ¿A qué vino?
Penélope esquivó su mirada y tartamudeó:
—A... a nada. Solo quería charlar un rato. Ella... ella no quiere aceptarme como su madre.
Erika la fulminó con la mirada.
—¡No trates de verme la cara! Si no quisiera saber nada de ti, ¡¿para qué se molestaría en venir a verte?!
Penélope agachó la cabeza y, tras unos segundos de duda, confesó:
—Ella... quería que le contara cosas sobre ti.
Erika frunció el ceño profundamente.
—¿Sobre mí? ¿Qué es lo que planea?
Penélope suspiró.
—No lo sé con certeza, no me dio muchos detalles.
Erika soltó una risa amarga y cortante.
—Penélope, ¿cómo te trata la vida en prisión? ¡Si se te ocurre ayudar a Lorena en sus porquerías, terminará pudriéndose aquí adentro igual que tú!
Penélope levantó la vista, con el rostro bañado en lágrimas.
—¡No, te juro que no! ¡Ya le dije que no lo haga, intenté convencerla!
Erika se quedó en silencio durante largo rato, con la mente trabajando a mil por hora.
Sin embargo, aunque Penélope siguió rogándole hasta que el tiempo de visita terminó, Erika no accedió a hacerse cargo de Isabel ni de Samuel.
....................
Esa misma noche, Martina la llamó de imprevisto. Le pidió que fuera a buscarla a un bar.
Al notar que la voz de su amiga sonaba arrastrada y extraña, Erika salió a toda prisa.
En cuanto puso un pie en el bar, el fuerte ritmo de la música le retumbó en el pecho.


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