Un instante después, Erika abrió la puerta de la sala de recepción.
—Buenas tardes. Soy Luz, la fotógrafa. Es un placer atenderla.
Tania levantó la vista y la escrutó con descaro, sin molestarse en ocultar su superioridad. Entrecerró los ojos, y una sonrisa llena de burla se dibujó en sus labios.
Ese día, Erika llevaba una camisa blanca impecable pero sencilla y unos pantalones de vestir negros, con el cabello recogido en una coleta despreocupada. Parecía una pasante universitaria en su primer día de trabajo.
Para Tania, esa ropa era de lo más corriente. La blusa no tenía ningún logo visible y la mujer ni siquiera llevaba joyas. Viéndola tan desaliñada y simple, por fin entendía por qué Silvia la detestaba tanto.
Pero había algo que la llenó de rabia: el rostro de Erika era naturalmente hermoso, con una piel radiante que no necesitaba maquillaje.
Tania se cruzó de brazos, se recostó contra el respaldo del sofá y soltó una carcajada sarcástica.
—¿Así que tú eres la famosísima fotógrafa Luz? Pues la verdad, no te ves como la gran cosa.
Erika mantuvo su sonrisa serena y respondió con aplomo.
—Así es, soy Luz. Y si usted está aquí, asumo que es porque reconoce la calidad de nuestro trabajo.
Tania hizo un gesto de desdén con la boca, levantó la barbilla y comenzó a tamborilear los dedos sobre su brazo.
—Quiero un trabajo impecable, pero dudo mucho que alguien con tu 'fama' pueda darme lo que busco. Estoy acostumbrada a contratar fotógrafos de renombre en el extranjero.
Erika la miró sin parpadear y contestó con tono profesional.
—Puede explicarme qué estilo tiene en mente. Sin embargo, le recuerdo que la fotografía es una colaboración; el resultado depende de que ambas partes trabajen en sintonía.
Tania soltó un resoplido burlón. Se puso de pie y comenzó a caminar por la habitación, haciendo resonar sus tacones de aguja contra el piso.
Se detuvo de golpe y miró a Erika por encima del hombro.


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