Tania no pareció inmutarse por la actitud distante de él. Caminó con gracia hacia el sofá y se sentó, cruzando las piernas de lado en una pose de absoluta perfección y recato.
Al ver que el ambiente estaba helado, Silvia soltó una risita forzada para romper el hielo.
—Ay, hijo, ya son pasadas las once. Tania y yo estuvimos de compras toda la mañana y pasamos a saludarte. Pensábamos que podríamos ir a almorzar juntos.
Valerio frunció el ceño y respondió con tono monótono.
—Mamá, tengo muchísimos contratos que firmar. Le diré a Diego que les reserve una mesa en un buen restaurante.
El rostro de Silvia se endureció.
—Valerio, desde que te recuperaste del accidente, vives encerrado aquí. ¿Cuántas veces has ido a cenar a la casa? Vengo desde lejos solo para comer con mi hijo y tú no piensas en otra cosa que no sea el trabajo.
Los ojos de Valerio mostraron un atisbo de duda, pero se mantuvo firme.
—Mamá, los asuntos de la empresa se han retrasado demasiado...
Pero antes de que pudiera terminar, Silvia lo interrumpió de golpe.
—¡Me da igual el trabajo! Tu salud es lo primero. Recoge tus cosas, nos vamos a comer.
Desde el sofá, Tania intervino con su voz aterciopelada.
—Señora Silvia, por favor, no se enoje. Seguro que Valerio tiene una carga de trabajo inmensa. Yo la acompaño a almorzar, y después nos vamos a que nos hagan un masaje relajante.
Silvia se volvió hacia Tania con fingida lástima.
—Ay, Tania, ya lo ves. Sigue siendo el mismo rebelde de siempre.
Valerio suspiró con pesadez tras echarles un vistazo.
—Está bien. Vamos a almorzar.
La expresión de Silvia se suavizó de inmediato.


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