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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 723

El ingeniero asintió con insistencia y salió corriendo hacia el equipo de rescate.

A su lado, el experto en geología se secó el sudor de la frente:

—Además, la situación geológica es demasiado compleja. Se mezclan capas de tierra, piedra y arenas movedizas. Apenas la maquinaria toca roca dura, se hunde en la arena. El progreso es sumamente lento.

Mientras tanto, los rescatistas trabajaban con todas sus fuerzas sobre los escombros, con las espaldas empapadas de sudor.

—¡Capitán, el sistema de ventilación está destruido! El aire en el túnel es cada vez peor, los muchachos no van a aguantar mucho más. —informó un rescatista, llegando sin aliento.

El capitán apretó los dientes.

—Envíen los equipos de oxígeno portátiles primero y hagan que los muchachos descansen por turnos.

Diego, que ya había llegado al lugar, se acercó ansioso al capitán. Alternando entre súplicas y exigencias, le pidió que rescataran a Valerio a toda costa.

El capitán, bajo una presión enorme, sentía que la cabeza le iba a estallar.

Desde la distancia, Leonardo se sorprendió muchísimo al ver a Diego.

Agitó los brazos para llamarlo y, poco después, Diego corrió hacia el auto de Leonardo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Leonardo con confusión.

Diego, consciente de que ya habían pasado tres días y de que no tenía sentido ocultarlo más, respondió directamente:

—Le informo, señor Romero, que el señor Ramírez está con la señorita Milán.

Leonardo frunció el ceño. Diego se apresuró a explicar:

—Él se enteró de que la señorita Milán iba a Villa San Julián y, probablemente, pensando en tener una oportunidad a solas con ella, manejó detrás de su auto todo el camino.

Diego hizo una pausa y, con evidente tristeza, añadió:

—Señor Romero... la situación del rescate es muy grave...

Diego no se atrevió a terminar la frase, pero sabía que Leonardo comprendería la gravedad de sus palabras.

Efectivamente, el rostro de Leonardo se ensombreció. Caminó de un lado a otro con frustración y luego, con la voz quebrada, dijo:

—Si debes avisar a su familia, hazlo. Yo quiero esperar un poco más.

El encierro prolongado, el poco espacio y la abrumadora oscuridad durante casi todo el tiempo comenzaban a hacer estragos.

Erika empezó a sentir opresión en el pecho, palpitaciones y una gran ansiedad.

Lo más insoportable era que no tenían a dónde ir. Las pocas veces que tuvieron que usar una pequeña caja para hacer sus necesidades, lo hicieron con mucha vergüenza en un espacio reducido, pero el mal olor ya comenzaba a impregnar el ambiente.

El auto ya no encendía y no sabían cuánto más duraría la batería de los dos teléfonos móviles.

Valerio, con el corazón encogido, abrazó a Erika contra su pecho para calmarla:

—Eri, anímate. Confía en mí, pronto saldremos de aquí.

Erika lo miró con debilidad y le preguntó en un hilo de voz:

—¿Te arrepientes de haberme seguido? Si no fuera por mí, no tendrías que pasar por esto. Si no fuera por mí, estarías en tu cómoda cama, disfrutando de buena comida...

Al llegar al final, la voz de Erika se ahogó en un sollozo silencioso.

Valerio besó suavemente su frente y, con voz ronca, le dijo:

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