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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 717

En ese momento, Diego Álvarez llamó para informar que todos los departamentos de rescate ya estaban en posición y discutían las estrategias, pidiéndole confirmar una vez más la ubicación exacta de Valerio en el túnel.

Tras una breve conversación, Valerio colgó rápidamente.

En el espacio sumido en la más profunda oscuridad, solo se escuchaba el sonido pesado de sus respiraciones.

Valerio tanteó el asiento hasta encontrar la mano de Erika y la entrelazó firmemente entre las suyas.

Con evidente incomodidad, ella preguntó:

—Tú... ¿por qué estabas aquí?

Acariciándole los dedos, Valerio respondió con total franqueza:

—Te seguí porque quería acompañarte a Villa San Julián.

Estuvo a punto de añadir: 'Te llamé antes de entrar al túnel; si hubieras contestado, nada de esto habría pasado. Entré porque estaba aterrado de que algo te ocurriera'.

Pero se contuvo y cambió sus palabras:

—Vi que había humo más adelante, no sabía qué estaba pasando, así que me puse al lado de tu auto para advertirte.

Erika no podía ver su rostro en las sombras, pero sentía que las palmas de sus manos estaban empapadas de sudor. Tras atar cabos, murmuró con voz cargada de culpa:

—Si no fuera por mí, no estarías pasando por este infierno...

Al escucharla, Valerio se alegró de no haber dicho la frase anterior; de lo contrario, el remordimiento y el dolor de ella habrían sido mucho peores.

—Eri, incluso si hubiera sabido que esto iba a pasar, te habría seguido. Jamás dejaría que enfrentaras algo así sola —resonó su voz grave y varonil en la penumbra.

El corazón de Erika era un torbellino. Esta no era la primera vez que él la salvaba, que la protegía...

—Eri... —La llamó en un murmullo muy cercano, íntimo y bajo.

Sintió un escalofrío en la espalda e, instintivamente, inclinó el torso en dirección opuesta.

Pero, en un instante, el brazo de él le rodeó la cintura, jalándola sin piedad hacia su pecho.

Antes de que pudiera reaccionar, los labios de Valerio se posaron sobre los suyos.

El viento soplaba con fuerza, arrastrando ráfagas de polvo que obligaban a todos a entrecerrar los ojos.

Los gigantescos brazos de las grúas industriales se alzaban imponentes hacia el cielo, como si retaran a la catástrofe misma.

Los equipos de emergencia, ataviados con sus trajes naranjas y cascos de seguridad, corrían de un lado a otro entre la niebla de tierra.

Sus rostros estaban marcados por una determinación feroz, con la mirada clavada en la entrada sepultada del túnel.

Los ingenieros gritaban tratando de hacerse escuchar por encima del caos, repasando frenéticamente los planos del área; enormes gotas de sudor resbalaban por sus frentes sin que tuvieran tiempo de limpiarse.

El personal médico aguardaba en posición, con camillas y equipos de soporte vital alineados ordenadamente, listos para recibir a cualquier herido que lograran sacar.

El estruendo de la maquinaria pesada era ensordecedor; las retroexcavadoras y los tractores trabajaban sin descanso, removiendo toneladas de tierra y roca. Cada pala que movía escombros mantenía a todos con el corazón en un puño.

Los bomberos cargaban sobre sus espaldas el equipo especializado mientras escalaban con agilidad las montañas de escombros, buscando cualquier señal de vida en medio del caos.

Incluso los voluntarios locales se sumaron al esfuerzo, algunos trasladando suministros médicos, otros ofreciendo agua y comida a los rescatistas. Todos unidos con un solo objetivo: rescatar a los sobrevivientes lo antes posible.

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