La mente de Erika daba vueltas sobre el mismo asunto, pero seguía sin encontrar una salida.
En ese momento, Valerio salió de la cocina y dejó un vaso de jugo en la mesa de centro, frente a ella.
Erika miró el jugo y luego a él. Traía puesto un delantal, actuando como si de verdad fuera a cocinar.
Sin decir una palabra, Valerio regresó a la cocina.
Una hora más tarde, volvió a aparecer. Ya se había quitado el delantal.
—Eri, ven a comer —la llamó con voz suave.
Erika ni se inmutó ni le dirigió la mirada.
Valerio frunció el ceño. Estaba claro que la mujer seguía furiosa.
Sin dudarlo, rodeó la mesita, la levantó en brazos y, sin importarle que ella forcejeara, caminó a zancadas hacia el comedor.
—¿No querías caminar porque esperabas que te cargara? —le dijo con una sonrisa burlona mientras avanzaba.
Erika se quedó muda.
¿Acaso no estaba forcejeando lo suficiente? ¿O su cara de odio no era lo bastante evidente?
—¡De verdad, tienes un problema serio en la cabeza! —estalló ella.
Valerio sonrió con tranquilidad y, de repente, le dio un beso rápido en la mejilla.
—Sí, tengo un problema. El problema es que quiero estar pegado a ti todo el tiempo.
Erika lo fulminó con la mirada.
Al llegar al comedor, Valerio la depositó suavemente en la silla.
Fue entonces cuando Erika notó el festín de colores sobre la mesa: cangrejo real al vapor, jamón serrano finísimo, foie gras, ensalada de hongos, un par de platos caseros y una sopa exquisita. El aroma que desprendían los platillos era simplemente delicioso.
Una chispa de asombro cruzó por sus ojos. Por un instante, llegó a pensar que Valerio tenía a un chef escondido en la cocina; la presentación de los platos era digna de un restaurante de lujo.
Valerio retiró su propia silla con elegancia y se sentó.
—Come tranquila. Ya luego discutiremos tus planes.
Para cuando terminaron de comer, ya era media tarde.
Erika miró hacia afuera; el clima otoñal era espectacular, así que salió al jardín para respirar aire fresco.
Tras estar de pie unos minutos, al fin había pensado en una buena excusa.
Casualmente, Valerio también salió al jardín. Erika le habló con un tono desapasionado.
—Vine porque necesito ir a tres lugares: el Distrito Aliso, la Provincia Nivalia y el Sector Amatista.
Valerio la observó fijamente.
—¿Se puede saber qué vas a hacer en esos lugares?
La voz de Erika se mantuvo neutral.
—Vine a buscar a una compañera con la que perdí contacto hace muchos años. Solo sé que frecuentaba esas tres zonas, así que tendré que recorrerlas y probar suerte.
Como de todos modos solo había viajado para observar el entorno, inventar esa mentira le serviría perfectamente para salir a dar una vuelta y mirar.

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