Erika soltó una sonrisa cargada de resignación.
—Nunca me he separado de mis hijos; si por mí fuera, regresaría mañana mismo. Pero los días de grabación de Catalina ya se acercan, necesito dejar este tiempo reservado para prepararlo todo. No te preocupes por mí, aprovecharé para dormir en el avión.
—Está bien, entonces cuídate mucho en el viaje. —Amelia hizo una pausa al recordar algo importante—. Oye, Erika... ¿has averiguado algo más sobre aquel muñeco de felpa?
—Aún nada. Ya reporté todo a la policía. Por favor, no le menciones esto a Leonardo, no quiero que se preocupe innecesariamente.
—Entendido.
...
A la mañana siguiente.
Erika llegó al aeropuerto con un equipaje ligero.
Tras abordar su vuelo sin contratiempos, sacó su antifaz para dormir y una manta delgada, dispuesta a descansar.
Sin embargo, poco después del despegue, una azafata la despertó amablemente.
—Señorita Milán, su asiento ha sido ascendido a primera clase. Por favor, acompáñeme.
Erika se quitó el antifaz, todavía medio dormida, y respondió con confusión.
—Yo no solicité ningún ascenso, gracias.
La azafata mantuvo su tono cortés, pero insistió.
—Un caballero pagó por el cambio de asiento. Si usted no acepta, podrían poner una queja contra mí y perdería mi trabajo. Ayúdeme, por favor, señorita Milán.
Erika se quedó desconcertada. ¿Quién podría saber que ella iba en ese vuelo?
Al ver que la azafata estaba al borde de las lágrimas, Erika no tuvo más remedio que levantarse.
Un sobrecargo se acercó para ayudarla con su maleta.
Ambos la escoltaron hasta la sección de primera clase. Solo había cuatro asientos, dos a cada lado del pasillo, y todos estaban vacíos.
Erika tomó asiento con dudas. Inmediatamente, la azafata le trajo unas pantuflas desechables y algo de beber.
Quiso preguntarle quién había pagado por el asiento, pero la mujer parecía muy apurada; dejó las cosas y se retiró rápidamente.
Las cortinas que separaban la primera clase de la sección económica se cerraron, al igual que las del área de tripulación. De pronto, Erika se encontró completamente sola en aquel espacio tan amplio.
Miró a su alrededor durante un rato, pero no apareció nadie.
Decidió no darle más vueltas. Si la habían mandado allí, pues aprovecharía. Era infinitamente más cómodo que la clase económica. Se colocó el antifaz y volvió a dormir.
Valerio enarcó una ceja.
—No puedo desaparecer. Ya nos hemos fundido en uno solo, ¿recuerdas?
Erika se quedó muda.
Cada día que pasaba, este hombre se volvía más descarado.
Lo maldijo en su mente y se giró hacia la ventana.
En ese momento, la cortina se abrió y la azafata se acercó con una sonrisa profesional.
—Disculpen la interrupción. Para el almuerzo en primera clase ofrecemos carne de res, pescado o camarones. ¿Qué desean comer?
Erika admitió que ya tenía hambre. Al ver que Valerio no decía nada, se dirigió a la azafata.
—Me gustaría el menú de res, un vaso de jugo y una taza de café, por favor.
Valerio se adelantó de inmediato.
—Tráigame lo mismo que a ella.

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