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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 692

Al escuchar esas palabras, Erika sintió un escalofrío. Viendo las marcas en el cuerpo de él, no quería ni imaginarse lo salvaje que se había vuelto bajo los efectos del alcohol. La vergüenza la consumía.

Pero, reprimiendo su caos mental, lo acusó con furia:

—¡Deja de inventar historias para hacerte la víctima! Eres un hombre. Si tú no querías... ¿qué... qué podría haberte hecho yo?

Los ojos de Valerio se entrecerraron. Bajó la mirada hacia su propia clavícula de forma dramática y luego volvió a mirarla, diciendo con tono sombrío:

—¿Que qué podías hacerme? Míralo tú misma, estas marcas salvajes en mi cuerpo son la mejor prueba.

—No... es imposible —Erika jaló la sábana de inmediato, cubriéndose la cara por completo, y gritó desde debajo de las mantas—: ¡Vístete y vete de una vez! ¡No quiero volver a verte en mi vida!

Valerio aguantó la risa y adoptó un tono serio:

—Erika, ¿estás intentando hacerte la desentendida? Tienes que hacerte responsable por mí.

—Yo... yo había tomado mucho, no me acuerdo de nada. Seguro que esas marcas te las hizo otra mujer y ahora quieres echarme la culpa. Te aprovechaste de que estaba ebria para... para hacerme esas cosas.

Erika seguía escondida bajo la sábana, hablando con un tono cargado de indignación, pero su corazón latía a mil por hora por el pánico.

Valerio, por su parte, se apoyó suavemente sobre la cama y murmuró:

—Hablas igual a una rompecorazones que huye después de conseguir lo que quiere. ¿Me vas a dejar así? Supongo que no me queda más remedio que relatarte paso a paso lo que hicimos anoche.

Erika, acurrucada bajo las mantas, ni siquiera se atrevía a respirar. Tampoco lo detuvo; quería escuchar qué mentiras iba a inventar. Era imposible que ella hubiera tomado la iniciativa, simplemente imposible.

Pronto, la voz profunda de Valerio atravesó la sábana:

—Estabas muy pasada de copas. Me llamaste, me dijiste que me extrañabas, y yo vine. Pero vomitabas tanto que tuve que traerte a una habitación, pensando en esperar a que te sintieras mejor para llevarte a casa.

Valerio hizo una pausa y continuó:

—¿Viste la ropa en el baño? No solo la tuya quedó arruinada, sino que me vomitaste de pies a cabeza. Así que no tuve más remedio que limpiarte. Estaba pasándote una toalla cuando, de repente, empezaste a quitarte la ropa. Por más que intenté detenerte, fue inútil, te quitaste todo...

—¡No digas más! —gritó Erika con todas sus fuerzas.

Pero la sonrisa en el rostro de Valerio se hizo más amplia. Ignoró por completo la súplica de Erika y continuó su relato:

—Traté de frenarte, pero tenías una fuerza increíble, no sabía de dónde sacabas tanta energía. Lo único que pude hacer fue enjuagarte un poco y llevarte a la cama. Y entonces... empezaste a besarme...

—¡¡¡Te digo que no digas más!!! —rugió Erika de nuevo.

Pero Valerio, con total descaro, siguió hablando:

—Ya veo a qué se refieren cuando dicen que una mujer puede ser una fiera insaciable. Fue realmente aterrador. Piénsalo, ¿cómo podría resistirse un hombre lleno de energía como yo? Sin embargo...

Llegado a este punto, Valerio se acercó a la sábana y, con voz ronca y seductora, susurró:

—Anoche estuviste tan apasionada, tan hermosa y tentadora... Me encantó. Solo que me agotaste por completo.

Erika se quedó muda.

Luego se escuchó el sonido de la puerta cerrándose. Al escuchar la conversación, Erika sintió otra oleada de humillación. ¡¿Ahora hasta Diego Álvarez lo sabía?!

La voz de Valerio no tardó en escucharse de nuevo:

—Dejé la ropa al lado de la cama, voy a tomar un baño. Erika, ni se te ocurra huir. Soy un hombre tradicional, tienes que hacerte responsable de mí hasta el final.

Erika no dijo nada.

Mientras Erika seguía paralizada sin saber qué hacer, sintió que él depositaba un beso sobre la sábana.

Erika permaneció inmóvil hasta que escuchó el sonido del agua cayendo en la ducha. Entonces, arrojó las sábanas, se vistió a la velocidad de la luz, agarró su teléfono y su bolso, y huyó de la habitación como si escapara de un incendio.

No se detuvo hasta llegar al ascensor, donde por fin pudo tomar aire. Sacó una liga de su bolso y se recogió el cabello desordenadamente. Quizás por la inmensa vergüenza que sentía, incluso se puso su cubrebocas.

Tras sacar su auto del estacionamiento, condujo directamente hacia un parque cercano.

Necesitaba estar sola. Necesitaba asimilar lo que había pasado.

Erika encontró una banca y se sentó. Solo entonces fue consciente de que la herida en su omóplato le dolía ligeramente.

Sacó el celular con lentitud. Tenía un mensaje de Valerio. Lo abrió con el corazón en la garganta:

—Erika, te amo. Te amo hasta los huesos. No olvides desayunar.

Erika apretó el celular con fuerza, intentando calmar el torbellino de sus emociones.

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