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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 674

Dicho esto, Valerio cargó a Erika y se dirigió directamente hacia su auto.

—Bájame... puedo caminar sola —tartamudeó Erika, sintiéndose incómoda.

Valerio la miró con profunda ternura y preocupación.

—Estás herida. Te voy a llevar al hospital, así que no te muevas.

Erika levantó la vista hacia él y notó que tenía el ceño fruncido, como si estuviera aguantando un gran dolor.

Ayer se había lastimado gravemente el brazo por salvar a Alma, y ahora la estaba cargando...

Una mezcla de emociones inundó el corazón de Erika. En ese instante, no sabía exactamente qué era lo que estaba sintiendo.

Hace unos minutos estaba aterrorizada, pero al verlo llegar, aunque seguía nerviosa, experimentó una inexplicable sensación de seguridad.

Se negaba a admitir que hubiera desarrollado algún tipo de dependencia emocional hacia él; prefería pensar que su miedo simplemente había disminuido al ver que alguien venía a rescatarla...

Mientras sus pensamientos se enredaban en su mente, Valerio ya la había recostado en el asiento trasero del auto.

Pero él se subió justo a su lado. Antes de que Erika pudiera preguntarle quién iba a manejar si no había traído a Diego, Valerio habló con voz suave:

—Desabróchate la blusa, necesito ver la herida.

Erika se quedó muda.

Por alguna razón, sintió que las mejillas le ardían de inmediato.

Pero Valerio continuó:

—¿Qué estás pensando? Solo quiero revisarte. El corte debería estar por encima del omóplato.

Erika volvió a quedarse sin palabras.

¿Le estaba diciendo eso porque notó que se había sonrojado?

—Ya casi termino, aguanta un poquito más —le susurró Valerio con infinita paciencia.

En un par de minutos terminó de desinfectar el corte del hombro y el pequeño rasguño en su cuello. Valerio la miró un segundo antes de bajarse y sentarse en el asiento del conductor.

Mientras encendía el auto, le explicó:

—Tenía miedo de que... mi mamá fuera otra vez a buscar a los niños, así que pasé por el kínder desde la oficina. Cuando me dijeron que tu hermano ya se los había llevado, quise venir a verte. Vi la puerta de tu auto abierta y luego escuché los ruidos...

Miró por el espejo retrovisor y agregó con tono de arrepentimiento:

—Hace unos días mandé guardaespaldas a seguirte, pero como no pasó nada... supongo que me confié. Fue mi error.

Erika no dijo nada. Mantuvo la mirada perdida por la ventana, con la mente hecha un torbellino.

No quería tener más contacto con él, pero cada vez que estaba en peligro, él aparecía para salvarla. El mundo estaba lleno de coincidencias, pero el destino parecía estar jugándole una broma muy pesada; siempre era él.

Por un lado lo odiaba, pero por otro, le debía la vida en más de una ocasión. En ese momento, Erika ni siquiera sabía qué tono de voz o qué expresión debía usar con él.

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