Al ver la expresión grave de Valerio tras escuchar sus palabras, supo que había acertado.
Erika tomó una venda y, de forma tosca, se la envolvió alrededor de la herida mientras decía con frialdad:
—No creo que un juez se ponga del lado de alguien que nunca ha aportado nada por los niños. Valerio, nos veremos pronto en los tribunales. Ahora, por favor, vete de mi casa.
Valerio se levantó, la miró fijamente con los ojos ensombrecidos y le dijo en un tono suave:
—Eri, escúchame.
—Basta, Valerio. Al igual que tú, yo solo creo en las pruebas, y lo que escuché con mis propios oídos es una prueba irrefutable. ¿Te vas o no? —replicó Erika, enfurecida.
—Eri, ¿sabes el impacto que tendría un juicio en los niños?
—Con que lo sepas tú es suficiente. Si lo sabes, entonces no vayas a los tribunales y déjanos en paz. Los niños han estado muy bien sin ti todos estos años, ¿no es así?
Dicho esto, Erika agarró la perilla dispuesta a abrir la puerta, pero Valerio la sujetó por la muñeca:
—Escuchaste la conversación entre mi madre y yo, ¿verdad? Fue solo una táctica para apaciguarlos. Sé que ahora mismo no puedes ponerte en su lugar para pensar en los niños, pero yo tengo que considerarlo. Sin embargo, mi mayor prioridad sigues siendo tú, Eri, créeme.
Una sonrisa desdeñosa se dibujó en los labios de Erika. Se apartó de su agarre y respondió con frialdad:
—Muy bien, entonces júralo ahora mismo. Júrame que, incluso si decido no volver contigo nunca más, no intentarás quitarme a los niños. Júralo y te creeré.
Al ver que Valerio guardaba silencio, Erika sintió un nudo en el estómago.
Su tristeza no se debía a que dudara de si a él le importaba ella, sino a la confirmación de que él sí tenía la intención de arrebatarle a los niños. Todo lo que temía estaba a punto de hacerse realidad.
Valerio, por su parte, levantó lentamente las manos, la tomó por los hombros y la miró a los ojos. Con tono solemne, le dijo:
—Eri, si te niegas a volver conmigo, es solo porque sigues resentida por lo del pasado. Aún me quieres, pero te niegas a aceptarlo. No pienso rendirme. Sobre lo que pasó hoy, me disculpo en nombre de mi madre por haberse llevado a los niños sin avisar. Te aseguro que no volverá a ocurrir. Y por favor, por Alma, que hoy ha estado muy alterada, no me eches todavía. Me iré en cuanto se duerman.
Sin esperar respuesta, Valerio abrió la puerta y salió.
Erika se quedó parada por un momento, guardando las cosas médicas lentamente, y se sentó en silencio para calmarse antes de salir.
En el comedor, Alma estaba sentada en el regazo de Valerio, llamándolo papá a cada rato y preguntándole con su vocecita dulce si le dolía la herida. Los otros dos niños también clamaban por su atención.
Erika observó la escena desde lejos, con sentimientos encontrados.
Aquel era el cuadro familiar perfecto con el que alguna vez había soñado. Pero ahora, esa felicidad no le pertenecía; solo existía para los niños.
Estaba a punto de retirarse a su habitación cuando Thiago corrió hacia ella:

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