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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 597

—Ábrelo y huélelo. Si no te gusta el aroma, le pediré que prepare otro —dijo Valerio. Al ver que Erika no reaccionaba, tomó la caja, le quitó la tapa y se la acercó a la nariz—. Huélelo. Si no te gusta, significa que no es adecuado para ti.

Erika dudó un instante antes de inhalar. Una fragancia sutil y única inundó sus sentidos, transmitiéndole una profunda sensación de calma y paz.

Era un aroma exquisito, superior al de cualquier perfume caro o crema de lujo. Con solo olerlo, supo que ese incienso había costado una fortuna.

Erika apartó la mano de él suavemente y lo rechazó con frialdad:

—No me gustan las cosas con aromas fuertes. Llévatelo, y no hace falta que mandes a preparar otro.

Pero en cuanto terminó de hablar, Valerio se puso de pie y se dirigió directamente hacia la habitación de Erika.

Ella, al verlo, corrió tras él.

Quería gritarle que se detuviera, pero temía despertar a las niñeras.

Lo siguió hasta el dormitorio, solo para ver cómo él colocaba la cajita de cerámica justo al lado de su almohada.

—No necesitas encenderlo, con dejarlo cerca de la almohada es suficiente —le indicó con tono suave.

—Ya te dije que no lo quiero —siseó Erika, tratando de mantener la voz baja.

Valerio se enderezó y caminó lentamente hacia ella. Se detuvo a escasos centímetros, inclinándose para mirarla fijamente.

—Cuando lo oliste hace un momento, tu expresión me dijo que te encantó. ¿Me equivoco?

Erika se quedó sin habla.

Valerio se inclinó sobre ella, rodeando su espalda y su cintura con fuerza, apretándola de a ratos como si quisiera fundirla en su propio cuerpo.

—Hoy, cuando supe que estabas en la juguetería y escuché desde afuera que alguien quería prender fuego al lugar, sentí que el mundo se me venía encima. Eri, no puedo vivir sin ti... —le susurraba con voz rasposa mientras rozaba su barbilla contra el cuello de ella.

Erika forcejeaba, repitiéndole entre dientes:

—Suéltame. Sí, estoy muy agradecida de que me hayas salvado hoy, pero es solo eso: gratitud. Si hubiera sido cualquier otro hombre, también se lo agradecería...

No pudo terminar la frase. Él la levantó en brazos, la dejó caer sobre la cama y se colocó sobre ella. Tomó su rostro entre sus manos, repasando cada rasgo de su rostro con la mirada, y le dijo con absoluta seriedad:

—Eri, yo sigo en tu corazón. Cuanto más rencor me demuestras, más evidente es lo profundo que me amas. Puedes golpearme, puedes insultarme, pídeme lo que quieras, con tal de que me perdones.

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