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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 590

Erika miró a su alrededor a través de la ventana. El auto estaba estacionado en un amplio patio. Los muros no eran muy altos y estaban decorados con coloridos dibujos infantiles dispersos por todas partes.

Abrió la puerta con lentitud y bajó del auto. Observó el entorno y pensó que parecía un jardín de niños, aunque se sentía extrañamente silencioso.

Frente al estacionamiento había un gran portón. Tras unos segundos de duda, Erika caminó hacia allá.

Al cruzar el portón, se encontró con un camino ancho bordeado por lo que parecían ser salones de clases. Cada aula tenía grandes ventanales de cristal, dándoles un aspecto brillante y acogedor.

En las áreas verdes a los lados del camino había columpios, resbaladillas, un arenero y varias zonas de juegos para niños.

Erika siguió caminando hacia el interior hasta que, finalmente, comenzó a escuchar voces. Se dirigió hacia el sonido.

La puerta de uno de los salones estaba abierta. Adentro había muchos niños, y en medio de todos ellos, arrodillado en el piso, estaba Valerio.

Su habitual expresión fría y distante había sido reemplazada por una sonrisa cálida y sincera. No parecía molestarle que los niños le tocaran la camisa, se colgaran de sus brazos o incluso se acurrucaran en su regazo.

Mientras Erika observaba fascinada la escena, Valerio pareció darse cuenta de su presencia y giró la cabeza para mirarla con una expresión de profunda ternura.

En ese momento, la voz de una mujer de mediana edad resonó a espaldas de Erika:

—Señorita, ¿usted vino con el señor Ramírez?

Erika se dio la vuelta. Vio a una mujer de unos cincuenta años, vestida de manera sencilla, con el cabello recogido en un moño impecable y una sonrisa amable en el rostro.

Erika asintió cortésmente.

—Venga, acompáñeme a mi oficina a sentarse un rato —dijo la mujer, invitándola amablemente a seguirla.

Al entrar a la oficina, la señora le ofreció asiento con calidez y le sirvió un poco de agua en un vaso desechable antes de preguntar con una sonrisa:

—¿Cuál es su nombre, señorita?

—Erika.

—Qué bonito nombre. Yo soy la directora de este lugar, Beatriz Silva. Lamento mucho que hayan tenido que venir hasta acá en un día laboral.

Al ver lo amable que era, Erika respondió con educación:

Lo que acababa de presenciar a través de la ventana no se parecía en nada al Valerio Ramírez que ella conocía.

En medio de su asombro silencioso, la puerta de la oficina se abrió con un ligero chirrido.

Beatriz se puso de pie apresuradamente y saludó con una respetuosa inclinación de cabeza:

—Señor Ramírez.

Valerio le lanzó una rápida mirada a Erika y se dirigió a Beatriz con voz tranquila:

—Directora, lléveme a ver a Mateo.

—Por supuesto, por supuesto —asintió Beatriz, antes de volverse hacia Erika—. Señorita Milán, ¿gusta acompañarnos?

Erika lo dudó por un momento, pero terminó poniéndose de pie para seguirlos.

Recorrieron un largo pasillo hasta llegar a una zona de descanso. Beatriz abrió una puerta y todos entraron.

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