Las últimas palabras de Erika salieron entrecortadas y, al terminar, volvió a abrazar a Martina.
—Ya, ya, no llores más, mira que estoy entera —la consoló Martina con un tono alegre, dándole unas suaves palmadas en la espalda—. Siempre he tenido un ángel de la guarda. Soy una guerrera que no le teme a nada porque tiene la conciencia tranquila.
Ambas pasaron un buen rato entre lágrimas y risas, y no abandonaron el hotel hasta entrada la noche.
...
Al día siguiente.
Martina presentó su renuncia en Punto de Fuga Agencia sin dudarlo ni un segundo.
Luego fue a un centro comercial y compró regalos carísimos. En su bolso llevaba las tarjetas bancarias con todos sus ahorros y, además, los documentos de su casa y su auto listos para ser transferidos.
En resumen, llevaba consigo casi todo lo que había conseguido con años de sudor y esfuerzo.
Al llegar a la planta baja del Grupo Ramírez, Martina se dirigió a la recepción con suma educación:
—Hola, me llamo Martina Quintana. Vengo a ver al señor Ramírez; por favor, anúncieme. Si necesito hacer una cita, dígame la fecha y hora.
La recepcionista la miró con una expresión indescifrable y tartamudeó:
—Por... por favor, espere un momento.
Mientras marcaba el teléfono, la recepcionista y su compañera examinaban a la mujer frente a ellas.
Esa misma mujer había venido hacía unos días a gritarle insultos al señor Ramírez en pleno vestíbulo, y hoy...
Hoy traía bolsas que a simple vista eran de marcas de lujo, y les hablaba con una cortesía que la vez pasada brilló por su ausencia.
¿Acaso el señor Ramírez le había hecho la vida imposible y ahora venía a suplicar piedad?
Fuera como fuera, no se atrevían a ofenderla. Nadie que insultara al jefe en público seguía respirando tan tranquilo, mucho menos se aparecía de nuevo.
Al colgar, la recepcionista dijo amablemente:
—Señorita Quintana, puede subir por el ascensor número dos.
—Muy bien, señorita Quintana. Llegamos. El señor Ramírez está adentro, puede pasar directamente. Iré a prepararle su café.
Diego se detuvo en la puerta, intercambió un par de formalidades y se marchó.
Martina tragó saliva. Levantó el puño para tocar, pero su mano se quedó congelada en el aire un par de veces antes de atreverse a golpear la madera.
Cuando escuchó un frío "Adelante" desde adentro, empujó la puerta.
Sin saber qué decir, caminó directo a la mesa de centro y dejó los regalos que había comprado. Luego, se acercó a paso rápido al escritorio de Valerio.
Con movimientos ágiles, sacó las tarjetas bancarias y la pila de documentos de su bolso, dejándolos con cuidado sobre la mesa. Trató de encontrar las palabras, pero no logró articular ninguna frase de agradecimiento.
Le echó una mirada furtiva al hombre. Desde que ella entró, él no había dejado de teclear en la computadora; de hecho, dudaba que hubiera sido él quien dijo "Adelante".
—Ejem... —carraspeó Martina con incomodidad.
Valerio detuvo sus manos lentamente, pero sin apartar la vista de la pantalla, preguntó con indiferencia:

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