Yuria se quedó mirando, furiosa, esa espalda que se iba.
—Julián, ¿oíste lo que dijo?
¿Cómo que ya no la veía como familia?
¿De verdad esa mujer, sola en el mundo, iba a tirar a la basura a su única hija?
Julián notó que su sobrina hablaba en serio. De verdad había bloqueado a su hermana.
Le brilló la mirada, y sin querer, vio a Sania con otros ojos.
—Yuria, cálmate. Es una chamaca, dice cosas por coraje, es normal. Ahorita tú le pegaste… capaz se sintió humillada.
Julián no iba a decir la verdad de frente. Mejor echarle tierrita y ya.
Yuria respiraba con fuerza, todavía hirviendo. Y cuando subieron los guardias, se le terminó de prender el cerillo.
—¿Cómo? ¿En serio me van a sacar?
Julián sonrió, conciliador.
—Tranquila, cómo crees.
Luego miró feo a los dos guardias.
—Si no hay nada, bájense. Aquí no pasa nada.
Los guardias se miraron entre sí.
—Pero la directora Belte dijo…
—¿Ella manda más o mando yo? —Julián entornó los ojos—. ¿Ahora nomás escuchan a la directora y a mí, el gerente general, me tratan como si no existiera?
—¡No, señor! —Los guardias bajaron la cabeza, pero no se movieron.
Yuria ya estaba harta. Tampoco tenía por qué quedarse.
—Ya me voy. ¡Ni falta hace que me corran! —Con tacones de cinco centímetros, se fue hecha una furia.
Julián se quedó pensando.
¿En qué momento Sania pasó a tener más peso que él en la empresa?
—
Sania salió del despacho de Julián y se fue directo al baño.
Se miró la mitad de la cara roja e hinchada. Supo que así no podía seguir trabajando.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Oops! Casada con el chico equivocado