En cuanto Julián vio a su hermana, fue como ver un salvavidas.
—Yuria… ay. Tu hija anda demasiado lanzada últimamente.
Yuria frunció el ceño.
—¿Qué hizo ahora?
—Mira, apenas llegó y ya cambió a varios de los de siempre. Mucha gente está inconforme… y quién sabe a quién le toque después.
Yuria apretó los labios.
—Llámala. Que venga ahora mismo.
Julián se alegró. Supo que su hermana iba a “poner en cintura” a su sobrina. Tosió y fingió ser conciliador.
—Yuria, no la regañes tan duro… al final está joven…
Yuria inhaló hondo.
—¿Y si está joven, por qué no la detuviste cuando empezó a hacer tonterías?
Julián se tragó las palabras. Ya no dijo nada y marcó a la extensión de Sania para que fuera.
Cuando Sania empujó la puerta de la oficina, se quedó un segundo en silencio.
—¿Necesitan algo?
Fue educada, pero distante. No se sabía si se lo decía a Julián o a Yuria, pero Yuria sintió que su hija le estaba hablando con veneno escondido.
Yuria frunció sus cejas finas, seria.
—Sani, te dejé la empresa, no para que hagas lo que se te antoje.
—Andas despidiendo gente como si esto fuera un juego.
Sania miró a Yuria con calma y soltó, baja pero clara:
—¿Y tú quién eres para venir a regañarme?
A Yuria se le subió la sangre.
—¿Cómo que con qué derecho? Soy tu mamá. ¿No puedo decirte nada?
Sania sonrió apenas.
—Entonces Julián no te explicó por qué despedí a esos empleados.
—El jefe de seguridad se hizo el tonto y dejó que la prensa se metiera a los cuartos del hotel a acosar a nuestros huéspedes. ¿No merecía que lo cambiara?


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