Marco caminó rápido y alcanzó a entrar al elevador justo cuando ellos iban a subir.
Sania lo vio meterse de golpe y, alerta, jaló a Iván detrás de ella.
—Sania, hablemos.
En el elevador solo estaban ellos tres.
Evaldo todavía estaba en el estacionamiento, esperando. Sania miró a Marco con frialdad.
—No tenemos nada de qué hablar.
Marco frunció el ceño y miró al niño de arriba abajo, como tratando de adivinar de dónde venía.
Ayer su hermana lo llamó y Marco fue a presionar al director de la escuela, pero allá no soltaron nada. No quisieron decirle ni una palabra sobre el origen del niño.
Y claro, Marco no iba a poder averiguar: quien se sentaba en el lugar de Roque tenía suficientes recursos como para blindar la información de su hijo.
Marco no quería investigar a Iván. Quería saber quién era el nuevo “patrocinador” de Sania.
—¿De verdad quieres hablar de esto frente a un niño?
Sania soltó una risa corta.
—Marco, ¿te gusta tanto hablar con mujeres casadas? Entonces dile a Noa que te ponga los cuernos, así ya tienes excusa para ir a hablar con ella a solas todos los días.
A Marco le palpitó la sien. Estaba al borde de perder la paciencia.
E Iván, como si entendiera, se dio cuenta de que ese señor era el rival de su tío.
Se enojó.
—Señor grandote, ya rinda. Usted no le gana a Evaldo. Evaldo es más guapo, tiene más dinero y trata bien a Sani. ¡Usted no está a su nivel!
Sania vio que el elevador llegó al sótano.
—Vámonos, Iván. No hables con basura, luego se te pega.
Sania lo jaló y se fueron rápido.
Marco se quedó atrás, humillado, reducido a nada.
Él solo quería comer con Sania… pero ahora lo único que quería era descubrir quién era el hombre detrás de ella.
Sania vio el carro de Evaldo desde lejos. Abrió rápido la puerta y se subió.
Evaldo chasqueó la lengua.
—¿Qué? ¿Viste un fantasma?
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