Sania se quedó sin palabras.
Con eso, por lo menos, se sintió un poco mejor.
[Sra. Camoso, ¿ya puedes abrir la puerta?]
Sania, a regañadientes, abrió. El hombre se recargó en el marco y sonrió con calma.
—Iván dijo que te extraña. Que quiere invitarte a comer afuera.
—A mí no me llegó ninguna invitación.
Apenas lo dijo, sonó el celular de Sania.
—¡Sani! El abuelo me dio dinero, jeje. ¡Sani, yo te invito a comer!
—¡No comemos en casa! ¡Nos vamos a una cita!
Sania miró al niño tan animado y se le curvó la boca sin querer.
—Está bien. Gracias.
No le daba el corazón para rechazar a un niño tan tierno.
Evaldo también sonrió… hasta que su sobrino, traidor, soltó:
—¡Sani, solo tú y yo! ¡Mi tío que se quede en la casa comiendo!
Sania alzó la mirada y vio a Evaldo congelado. Se aguantó la risa.
—¿Seguro no quieres invitar a Evaldo?
—No, no. ¡Sani, solo nosotros! Evaldo estorba. ¡No lo traigas!
—Oye, Iván… —Evaldo apretó los dientes y fue a arrebatarle el celular, pero Sania colgó más rápido.
Sania sonrió, orgullosa.
—Ya estás muy grande. No molestes a los niños.
-
Al final, Evaldo manejó y los dejó en el centro comercial. E Iván, cruel, le dijo a su tío que se fuera a la casa y no los molestara.
Evaldo apretó la mandíbula. A ese gordito se la iba a cobrar.
Iván tomó la mano de Sania con sus dedos regordetes.
—Jeje, Sani… ¿me acompañas a comprar algo?
Sania lo miró con paciencia.
—¿Qué quieres comprar?
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