Sania no se quedó pensando en lo de Selma.
Pero al revisar los reportes del último año, vio que justo el equipo de Selma era el que siempre quedaba en el último lugar de aportación.
Y lo raro era que su sueldo no era menor al de los demás.
Al menos a nivel de jefatura, Selma ganaba lo mismo que la jefa del equipo número uno.
Sania le pidió a Guillermo que le jalara algunos datos.
Selma había entrado a la empresa hacía dos años, y en solo dos años ya era jefa.
Como se viera, olía a recomendada de alguien pesado.
¿De quién? Sania todavía no lo sabía.
Con los reportes en la mano, fue a la oficina de Leandro.
—Director Leandro, ¿tienes un momento?
Leandro justo estaba libre.
—Sra. Belte, dígame.
Sania notó que él, con lo colmilludo que era, seguramente ya había averiguado cosas. No corrigió cómo le decía.
—Director Leandro, quiero hablar contigo sobre la distribución de sueldos en el área comercial.
Leandro alzó una ceja.
—¿Te refieres a Selma?
Sania no esperaba que lo dijera tan directo. Lo que más le preocupaba era que Selma fuera gente de Leandro.
Si él lo soltaba así, no debía ser suya.
—Selma sí es alguien metida a propósito en el departamento. Y alguien le completa el sueldo por fuera.
Los ojos de Sania se afilaron.
—¿Quién?
Leandro sonrió sin decirlo.
—Sra. Belte… si lo digo ahorita, ¿ya cuenta como que estoy tomando partido?
Sania entendió al instante quién estaba detrás de Selma.
—Director Leandro, aquí no hay “tomar partido”. Esta empresa, para empezar, es mía: yo soy la accionista mayoritaria. Ni siquiera mi tío Julián tiene derecho a pedirle a nadie que se ponga de un lado u otro.
Esa firmeza hizo que Leandro la mirara con otros ojos.
—Entonces eres la hija del antiguo Sr. Belte.
Cuando Leandro entró a la empresa, el papá de Sania ya había fallecido.
Y Leandro era el único “viejo” de la época del padre de Sania que no habían sacado.
Eso decía mucho de lo listo que era.

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