Cuando Marco levantó la mirada y vio quién era, se le heló la cara.
—¿Tú? ¿Qué haces aquí?
La empleada se quedó rígida.
—Señor… pues yo. La señorita Belte anda de viaje. Escuché ruido y supe que usted había llegado.
—Le preparo el té para despejar la resaca.
—No. —Marco la cortó, irritado—. Vete a dormir. Yo subo.
La empleada hizo una mueca. Sabía que el té solo se lo tomaba si lo preparaba la señorita Belte.
Como si no supiera igual.
Marco se frotó el entrecejo, sacó el celular y abrió el chat con Sania.
Casi todo eran mensajes de ella y él leyéndolos sin contestar.
Apretó los labios, escribió: ¿Dónde estás?
Luego, por orgullo, borró letra por letra. Apagó el celular y lo aventó lejos.
Si no lo veía, no le daba coraje.
Seguro era que él la había consentido demasiado y por eso ya no sabía ubicarse.
¿Solo por una pelea iba a dejar de volver a casa?
-
Al día siguiente, Sania tenía ojeras marcadas.
Con los ojos hinchados, decidió que ese sería su último día.
—Mandy, mi mamá me está presionando para volver a mi ciudad por una cita. Hoy probablemente sea mi último día. Ya te mandé por correo todo lo de la entrega.
Mandy se quedó sorprendida. No esperaba que Sania se fuera tan rápido.
—¿Y tu sueldo?
Sania sonrió apenas.
—No lo quiero.
Mandy pensó un momento.
—Dame medio día. Hablo con Recursos Humanos para que te den una constancia de renuncia. Te va a servir si entras a otra empresa.
Sania lo pensó. Medio día no era nada.

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