Y más porque Roque Camoso se dedicaba a la política: ahí cuidaban mucho las apariencias y las distancias.
Por eso, que Iván fuera el único nieto legítimo de la familia Camoso era algo que en la escuela nadie sabía.
Y por eso la maestra se inclinaba descaradamente del lado de la familia de Daniel.
Ella sí sabía que Daniel tenía un tío muy pesado.
Daniel sacó la lengua y le hizo una mueca.
—Gordito, tú no tienes mamá. ¡Ni-ni-ni! ¡Eres un bastardo, nadie te enseñó modales!
—¡No digas tonterías! —Sania se encendió de coraje—. Maestra, ¿ya escuchó cómo está insultando a mi niño?
La maestra se puso nerviosa.
—Je, je… cálmese, por favor.
Luego fingió severidad y miró al otro niño.
—Daniel, la maestra ya te enseñó a llevarte bien con tus compañeros. ¿Se te olvidó?
Daniel giró la cara, molesto.
—¡Pero es que no tiene mamá!
Sania iba a responder, cuando de pronto, en la puerta de la oficina, aparecieron unos zapatos bien lustrados, con un brillo frío.
Ella siguió esa presencia con la mirada, subiendo desde los zapatos… hasta quedarse en la cara del hombre: fría, altiva, sin emoción.
Ayer también la había mirado así, como si siempre estuviera por encima de todos, como el que manda en el juego.
Sania no esperaba que el familiar de Daniel fuera Marco.
Cuando Marco la vio, el corazón se le apretó como si una mano invisible lo agarrara… y luego lo soltara de golpe.
Miró a la maestra.
—Maestra, soy el tío de Daniel.
A la maestra se le iluminó la cara.
Claro. El tío de Daniel se veía como alguien de muchísimo dinero.
Solo con esa cara ya te dejaba sin aire, y ni hablar del respaldo que cargaba encima.
Y la maestra no pudo evitar preguntarse si ese hombre tan llamativo estaría soltero.
—¡Tío! —Daniel lo vio como si le hubiera llegado un salvavidas.
Hace un momento estaba bravucón, pero al ver a su tío, se le frunció la boca y se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Tío, Iván es bien malo. ¡Me pegó! ¡Me duele un montón!
Los ojos de Marco por fin se voltearon hacia la carita blanca de Iván.


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