Evaldo alzó una ceja, con esa sonrisa que no era del todo sonrisa.
—Desde que dijiste que Marco estaba viejo, que le faltaba energía y que no sabía tratar bien a una mujer.
—Así que a ti te gustan los más jóvenes…
Sania se quedó sin saber qué decir.
Evaldo soltó una risa.
—Qué casualidad: soy tres meses menor que Marco. Hago ejercicio todo el año, y en tenis… digamos que en el club me va bastante bien. Ah, y sí sé tratar bien a una mujer.
Sania se quedó muda.
—Entonces, Sra. Camoso, puedes estar tranquila: casarte conmigo fue una excelente decisión.
Sania soltó una risita seca. Pero a él le gustaban los hombres.
Por más bueno que fuera en todo, si le gustaban los hombres, con ella no tenía nada que ver.
Evaldo la vio con la cabeza agachada, sin intención de responder, y no quiso presionarla. Algunas cosas tenían que ir despacio.
Sania, al ver que él no insistía, también soltó el aire.
Pero cuando el carro entró a la casa vieja de la familia, esa calma se le volvió a subir a la garganta.
Evaldo notó su incomodidad y la tranquilizó, con una sonrisa leve.
—No te pongas nerviosa. Mi familia es fácil. Les caes bien.
Sania recordó al señor mayor, de mirada amable. Sí.
Los difíciles nunca habían sido otros… siempre habían sido los suyos.
No pensó más y siguió a Evaldo por pasillos y vueltas hasta la sala principal.
La Mansión Camoso era mucho más grande de lo que imaginaba, y quien les abrió fue un niño.
Iván Camoso, de seis años, parpadeó con ojitos curiosos. Con su manita gordita se rascó la mejilla.
—Tío… ¿y esta chica bonita quién es?
Evaldo torció la boca, venenoso.
—Niño, ¿puedes dejar de tocarme con esas manos todas pegajosas? Aléjate, qué asco.
Luego miró a Sania y explicó:
—Es el hijo de mi hermano. Es medio cochino, no le hagas caso.
Iván infló los cachetes, y la carne de la cara le tembló.
—¡Evaldo, eres bien malo! ¡Yo no estoy cochino! ¡Siempre me desprecias!

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