Jacob miró de reojo al hombre tirado en el sillón, como si nada, y luego miró a Sania, que tenía una libreta en la mano, como alumna aplicada. Se aclaró la garganta.
—Dirigir no es tan difícil. Solo tienes que poner límites para que sepan que contigo no se juega.
—Las cosas se las encargas a los supervisores. Cómo repartan el trabajo ya es problema de ellos. Tú solo revisas resultados.
—Recursos Humanos es un buen trampolín. Cambia puestos clave: compras, finanzas, operaciones… pon gente tuya. Cuando te toque tomar el control, vas a tener la empresa en la mano. Tu tío no va a poder hacerte nada, porque tú eres la mayor accionista.
—Lo que tienes que pelear es el poder real de nombrar y quitar.
Sania sintió que aprendía mucho.
—Gracias, Sr. Serrano.
—De verdad le quité tiempo.
La Sania que debía estar en el hotel, en realidad se había comunicado con Jacob y se fue directo a ese club privado. Solo que no esperaba ver ahí a Evaldo.
Jacob era el maestro que Evaldo le había conseguido. ¿Evaldo había ido porque no le gustaba verla con su “novio”?
Aunque Evaldo había mostrado desagrado por el Sr. Serrano, si la vigilaba así… ¿qué otra cosa podía ser sino celos?
—Yo ya me voy. No quiero interrumpirles la comida.
—Siéntate —ordenó Evaldo, con tono duro—. Yo no tengo la costumbre de dejar a una mujer sin comer.
Sania estaba atónita.
Eso sonó raro.
—No tengo hambre, gracias.
Evaldo entornó los ojos, con una sonrisa floja.
—Si yo digo que tienes hambre, entonces tienes hambre.
Sania se quedó callada un momento y no tuvo más que sentarse.
El maestro se lo había presentado él. Le daría ese “favor”.
Sania no entendía por qué insistía tanto en que se quedara.
Ella no entendía, pero alguien sí.
Jacob se mordió la lengua. ¿En serio? Solo por explicarle un poco más a la “cuñada” y ya estaba celoso.
Y eso que decían que era matrimonio por convenio.
Jacob sacó el celular, como para no ver.
Pero en un grupo le llegó una foto: no sabía quién la había mandado.
—Oye… ¿ese es tu hotel?
Sania se acercó a ver. Una fila de periodistas, un caos.
—Perdón, pero sí tengo que regresar a la empresa.
-
Marco miró con frialdad a la mujer despeinada frente a él.
—Noa, ¿cómo entraste?
Mientras él se echaba agua fría, una mujer se le pegó por la espalda. Marco se despejó de golpe.
Le agarró la mano a la persona… y vio que era Noa.
Noa se mordió el labio, humillada.
—Marco, es que hace días no te veo. Quería verte. Supe que estabas aquí y… entré.
—¿Por qué me hablas tan feo?
El cuerpo de Marco seguía ardiendo, pero su autocontrol fue más fuerte. Se apretó el muslo con fuerza y aguantó esa urgencia animal.
—Noa, nos vamos a casar. Pero antes de casarnos, yo no voy a hacer nada contigo. ¿Entiendes?

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