Sania no le discutió a la abuela. Solo asintió.
—Está bien. Ya entendí.
En eso, el fotógrafo se acercó para pedirles la foto grande de todos.
Los dos mayores se sentaron al centro.
Evaldo y Sania se abrazaron del lado de Brenda, y los otros tres se acomodaron del lado de Sandro.
Después de varias fotos, los dos mayores ya se veían cansados.
Entonces Evaldo dijo, por fin:
—Roque, ya terminaron ustedes. ¿Ahora sí me toca a mí, no?
Roque ni ganas le dio de contestar; solo soltó un “ajá”.
Evaldo llevó a Sania al centro del pasto.
No había decoraciones exageradas: solo la luz dorada de la tarde, cayendo sobre el césped, pintándole el cuerpo con un borde de oro.
Evaldo la abrazó por detrás. Los dos se quedaron bañados por el sol, y él puso la mano sobre la panza apenas levantada.
Cuatro manos, juntas, como un nido tibio.
La cámara se enfocó en sus manos y en el vientre, y el fotógrafo disparó una y otra vez.
Sania pensó que la vida era rarísima. Medio año antes, Evaldo para ella era solo un desconocido que le presentaron.
Y ahora eran el papá y la mamá de dos bebés; eran luz y sombra, pegados uno al otro.
Evaldo le besó el lóbulo de la oreja y, de paso, le dijo al fotógrafo:
—Profe, tómennos varias.
Total, hoy pagaba Roque.
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Confirmado lo de los gemelos, Evaldo habló con su padre sobre los nombres.
Sandro se encargó: el niño se llamaría Otelo Camoso, y la niña Amaya Camoso.
Sania, para los apodos, lo dejó simple: Oti y Ammie.
Evaldo a cada rato se pegaba a la panza y susurraba:

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