El día siguiente, Sania durmió hasta la tarde.
Cuando despertó y vio que eran las dos, le dieron ganas de patear a Evaldo.
Anoche, cerca de las doce, medio dormida, pidió un deseo en silencio: tener un bebé sano.
Sania se sobó las piernas adoloridas y vio un regalo bonito en la mesita.
¿Ese era el regalo de él?
Toc, toc, toc.
—¡Sania, ya no te quedes en la cama! ¡Vamos a salir!
A Sania se le calentó la cara. —Espérame, en diez o quince minutos bajo.
Le daba pánico que el niño se metiera.
No hubo respuesta; solo se oyó como si alguien se lo llevara cargando.
Sania se arregló y bajó. Se topó con Evaldo, que justo entraba.
—¿Ya despertaste?
Sania le lanzó una mirada molesta. —¿Tú qué crees?
Sandro no era de esos viejitos que exigen que los jóvenes se levanten temprano. No le importaba a qué hora se levantaran.
Doña Brenda llamó a su nieta. —Sani, este es el regalo de la abuela. ¡Toma!
—Abuela, ya estoy grande…
—¿Grande? Para mí sigues siendo mi niña.
Sandro también le dio algo. —Ven, Sani. La parte de Evaldo te la doy toda a ti.
Sania se conmovió. —Gracias.
Iba a decir algo más cuando le entró otra llamada de número desconocido. La colgó sin pensarlo.
Ese era su celular personal. Normalmente, aparte de familia y amigos, solo la llamaban por ahí ciertas personas que ella no quería ni ver.
Si alguien que no le caía bien la molestaba, no tenía por qué aguantarlo.
Yuria Talco miró el teléfono colgado y se quedó en silencio mucho tiempo.
La primera llamada se la había hecho a su hijo, pero del otro lado había un ruido de bar y ni se oía bien; le colgaron rápido.
Yuria lloró durante horas en su departamentito.

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