Después de unos días de convivencia tranquila, a Ramona se le fue bajando un poco el peso en el pecho.
Casi siempre, al salir del trabajo, se quedaba con su hijo.
Hasta Sandro Camoso no le encontraba defectos. —Roque, por tu puesto no conviene hacer una fiesta grande. Pero cuando pase la ceremonia, ¿qué tal si luego hacemos una comida familiar para tus compañeros y amigos? Para que tú y Ramona tengan algo más alegre.
—No hace falta —dijo Roque.
—Papá, no les des pretextos a los demás.
Sandro solo sentía que su nuera mayor había salido perdiendo. —Está bien. Entonces le doy a mi nuera un regalo más generoso por entrar a la familia.
Cuando Ramona recibió la tarjeta del señor, se negó con todas sus fuerzas. Ni hacía falta revisar: ahí había una fortuna.
—Ramona, aquí hay cien millones. Es mi detalle. Te hemos hecho pasar por cosas… lo siento.
A Ramona se le volvió una brasa en la mano. A la fuerza la aceptó y en cuanto pudo la dejó en la mesita del lado de Roque. —Toma. Yo no puedo quedármela.
Roque sonrió leve. —Es la intención de mi papá. Guárdala.
—Por mi trabajo, yo tampoco puedo recibir ese tipo de cosas.
Ramona suspiró, sin salida. —Entonces… se la dejamos a Iván.
Dejarlo para el niño, el dinero de la familia Camoso… era lo más lógico.
Roque sacó otra tarjeta. —Esta es mi tarjeta de nómina y las ganancias de inversiones anteriores. Úsala para los gastos de la casa. La otra, úsala para cosas grandes o si quieres invertirla o administrarla.
—No te presiones. Mi papá tiene más dinero del que imaginas.
Ramona no supo qué decir.
Si podía dar cien millones así, claro que tenía.
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La boda fue sencilla. Roque dijo que por su cargo no podía ser ostentoso.

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