Apenas Sania se bajó del avión, sintió el golpe brutal de los menos veinte grados.
El vapor que soltaba al respirar se le volvía una nubecita blanca frente a la cara.
Evaldo se bajó del carro, la apretó contra su pecho y no la soltó. —¿Tienes frío? ¡Súbete rápido!
Todavía les faltaban cinco horas de camino para llegar al lugar donde se veía la aurora.
Evaldo había arreglado una casa rodante de lujo.
En cuanto entró al interior, Sania sintió que por fin volvía a la vida.
Se quitó la chamarra acolchada, se pegó a la ventana y, con el dedo índice rojo de tanto frío, escribió despacito el nombre de Evaldo, letra por letra.
Evaldo flexionó un poco los dedos dentro de los guantes y se le dibujó una sonrisa despreocupada en la comisura.
—A ver, yo también voy a escribir.
Se quitó el guante y, pegado al hombro de ella, escribió el nombre de Sania a la izquierda del suyo.
Aunque fuera sobre el vidrio, se notaba esa letra fría, firme y delgada.
Los ojos de Sania brillaron al ver sus nombres juntos. Sacó el celular y les tomó una foto con toda seriedad.
—Esposa, mándala al grupo de la familia.
Sania estaba sorprendida.
—Ándale. Mi papá se burla de mí, tú mándala.
Al rato, Sandro tuvo que alejar el celular para poder ver bien la foto que le mandó su nuera.
[Evaldo: @Sandro papá, feliz año. ¿Ya vio la foto? La tomó mi esposa. Dice que lo único que quería era que su nombre quedara pegadito al mío.]
Ahora, hasta Iván ya no aguantaba a Evaldo. —¡Qué pena! —le reclamó.
Brenda se rió con ganas. —Pero qué bonita letra, qué bonita.
Evaldo y Sania se acurrucaron en la cama. Evaldo le tapó el cuerpo con su chamarra gruesa y se quedaron abrazados mientras el vehículo se mecía suave con el camino.
Se fueron a miles de kilómetros solo para ver ese milagro de luz.
—Falta media hora. Duerme otro ratito —dijo Evaldo mirando su reloj, tan bajito como si tuviera miedo de despertar a un gato en brazos.
Sania se acomodó feliz en su hombro. —Va. Pero me despiertas, ¿eh? ¿A qué hora va en casa?

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