—Entonces, subdirector Guillermo, ¿por qué dices que no puedo descontártelo?
Dicho eso, Sania ni lo miró. Volvió a su oficina.
Detestaba a la gente que ponía trabas por detrás. Era solo un subdirector; si no servía, lo cambiaba.
Después de su regaño, Sania notó que muchos de los que “pidieron permiso” regresaron, y los que estaban fuera también volvieron.
Sonrió y dio dos palmadas.
—Bueno, equipo. Me da gusto estar aquí. Les invito café. Díganme qué quieren.
A todos les había caído el regaño… y ahora les caía un premio.
El regaño no fue directo para ellos, pero el café sí lo iban a tomar.
—¡Gracias, directora Belte!
—¡Qué bien!
—¡Muchas gracias!
Solo Guillermo tenía la cara negra.
-
A las cinco, Sania salió puntual.
Apenas se subió al carro, vio a Guillermo correr hacia ella, descompuesto.
—directora Belte, hoy me equivoqué. No se lo tome personal.
Sania bajó el vidrio y asintió.
—Está bien, acepto la disculpa. Pero, subdirector Guillermo, hay cosas que se manejan como trabajo. Esfuérzate el próximo mes y recuperas con desempeño lo que te descontaron este.
Luego aceleró despacio y salió del estacionamiento.
Sania había quedado con Evaldo de ir a comprar anillos de pareja.
Siguió la ubicación que él le mandó y manejó hasta allá.
Cuando llegó, en el mostrador ya había varias opciones listas para que eligiera.
—¿Qué tal? ¿Cuál te gusta? —preguntó Evaldo.
Sania miró y se quedó con un modelo de un solo diamante: discreto, pero fino.
—Este.
Evaldo sonrió apenas.
—Va. Se paga y listo.
Se lo puso en el anular izquierdo con naturalidad. Luego tomó el otro.
—¿Te lo pongo ahorita?


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