Isabella contó los días. Llevaba esperando la llamada de Evaldo, pero no llegó.
Al final, tuvo que llamarlo ella.
—Hola… ¿no tienes tiempo hoy al mediodía?
La voz de Evaldo se detuvo un instante, y luego respondió:
—Perdón, hoy creo que no se va a poder. Mi esposa hoy no tiene tiempo. ¿Qué tal si lo dejamos para otro día y, cuando ella pueda, te invitamos a comer juntos?
Isabella probó con una broma, para tantear.
—Jajaja… ahora sí está difícil comer contigo.
Evaldo alzó un poco la ceja, notando a la mujer en el sofá, con las orejas más paradas que nadie. Sonrió.
Tenía el altavoz puesto.
—Ni modo. Cuando uno tiene esposa, tiene que cuidarse. Cuando te cases, vas a entender.
—No quiero que mi esposa se quede enojada por cosas sin límites.
Isabella se quedó sin palabras.
¿Le estaba diciendo que ella no tenía límites?
Sonrió, ligera.
—Sí, tienes razón. No te molesto más. Ya quedamos para cuando ustedes puedan.
Colgó. Evaldo se acercó al sofá y le rozó la nariz a Sania con cariño.
—¿Contenta?
—¿Y tú qué? ¿Vas a abrir una escuela de “buen marido” y ser el director?
—Mmm —Sania bufó suave, pero no se le notó tanto enojo.
Evaldo supo que eso significaba que ella estaba bien.
Sus ojos brillaron.
—Sania… ¿me quieres un poquito más?
Sania no alcanzó a responder. Él la tomó de los hombros y la sentó en sus piernas.
—No te me escondas —Evaldo se puso dominante, rara vez lo hacía.
La obligó a mirarlo de frente para que contestara.
A Sania se le pusieron rojas las orejas.
—Sí, sí… me gustas, me gustas. ¿Ya?
Evaldo se acercó y le robó el aire con un beso.

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