Sania llegó a la subasta a la hora acordada y se sentó hasta atrás.
No participó en las pujas; solo miró con calma cómo Pilar levantaba la paleta una y otra vez.
Se notaba que esa noche había comprado bastante.
Cuando el evento estaba por terminar, Pilar se dirigió a la salida. Sania la siguió.
—Sra. Cepeda, ¿tiene un momento ahora?
Pilar no disimuló su mirada de desprecio. Le lanzó una ojeada.
—Ahorita voy a otro compromiso. No creo tener tiempo.
—Si no le molesta, puedo ir con usted.
Así, Sania terminó siguiendo a Pilar hasta un club privado.
Pensó: «Que se desquite esta mujer».
Pero Pilar se pasó de la raya.
—Perdón, pero hoy es una reunión privada. Le voy a pedir que espere afuera un rato, Sra. Belte.
Sania no se enojó. Sonrió apenas.
—Está bien. Espero lo que haga falta.
Pilar se sorprendió. ¿Sania de verdad tenía tan poca “mecha”?
Entró al salón privado con toda calma, sin mirar atrás ni una sola vez.
Isabella llegó un poco después. Al ver, afuera, a una mujer sentada marcando por teléfono, se detuvo.
¿Esa no era la esposa que Evaldo tenía en la cabeza?
Empujó la puerta y entró.
—Pilar, ¿la de afuera también es tu amiga?
Pilar soltó una risa burlona.
—¿Amiga? Esa es la “mujer imposible” de mi prometido. Marco sí que es terco: hasta de fondo en el celular trae una foto de ella.
—Vino a hablar de negocios conmigo. Como vio que conmigo no avanzaba, se fue por la vuelta y habló con mi hermano.
—Yo la estoy dejando ahí, esperando, a propósito. Para que se ubique.

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