El hombre la tranquilizó con un beso en la frente.
—Bebé, ya te lo dije: en esta isla estamos solo tú y yo.
—¿Ni a tu esposo le crees?
Ella se quedó sin palabras.
Las olas golpeaban una y otra vez la orilla,
tapando su gemido suave.
-
Jacob llevaba días viviendo con el corazón en la mano.
Ni él mismo sabía cómo, aquel día en la boda de Evaldo, había logrado sacudirse a Josué Vera.
La verdad era que Jacob siempre había tenido parejas fijas. Cada vez, su novio se hacía chequeos y solo entonces él se animaba a empezar.
Al fin y al cabo, no quería pescarse ninguna enfermedad.
Jacob se mantenía en forma; medía un metro ochenta. No era un gigante, pero tampoco estaba mal.
Tenía buen cuerpo y le gustaban los chavitos de cara inocente.
Evaldo siempre se burlaba de sus gustos.
Jacob no podía hacer mucho: no le interesaban las mujeres, y durante años Evaldo le sirvió de pantalla.
A la familia Serrano a veces le daban ganas de echar a Jacob de la casa, pero cuando recordaban que en la familia Camoso había alguien igual, se tragaban el coraje.
Pero ahora, qué bonito: Evaldo lo “abandonó” y se casó.
Y Jacob se quedó en casa como el blanco de todas las miradas.
Tenía muchos problemas y ni con quién desahogarse.
¡Evaldo siempre había sido de mujeres! ¡Pero Jacob sí era de hombres!
Y justo el mes pasado, después de una pelea horrible con su familia, Jacob se fue al extranjero a esconderse un tiempo… y terminó acostándose con Josué por accidente.
En ese momento ni siquiera sabía quién era el tipo.
Dos días enteros, Jacob sintió un ardor insoportable.
Eso debió quedarse enterrado en su cabeza, como un secreto podrido para toda la vida.
Pero no: se volvió a topar con ese tal Josué.

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