La luz del consultorio se atenuó. La voz de Catalina se volvió muy suave, como una marea que le cubría la conciencia.
Ramona se fue quedando dormida, pesada.
En la oscuridad, apareció un pasillo interminable. Ella corría desesperada.
A ambos lados, puertas borrosas. De adentro salía un llanto finito, como de bebé.
—¿Bebé? —empujó una puerta tras otra, pero todas las habitaciones estaban vacías. Solo había carriolas que se mecían despacito.
El llanto se alejaba.
Ella iba descalza sobre un piso helado. Sentía el pecho apretado, como si alguien se lo estrujara. Al abrir la última puerta, solo encontró un calcetincito, tirado suave en la orilla de la cama.
Dudó. Se acercó y quiso agarrarlo… pero todo desapareció: el cuarto, la carriola, el calcetín, todo.
Ramona se incorporó de golpe, respirando a bocanadas.
Estaba empapada en sudor frío. La luz del consultorio volvió y le lastimó los ojos.
Miró sus manos vacías y se quedó perdida.
Catalina la observó.
—¿Estás bien?
Ramona negó.
—En el sueño escuché a un bebé llorar. Catalina, ¿qué significa eso?
Catalina frunció el ceño.
—Estuviste llorando todo el tiempo. ¿Alguna vez tuviste un hijo?
Ramona negó otra vez.
—Catalina, ni novio tengo. ¿Cómo voy a tener un hijo?
Catalina siguió seria.
—¿Y si lo tuviste y luego lo perdiste?
—Ramona, ¿desde cuándo recuerdas tu vida? Antes de los 21… ¿pudiste haber tenido una pareja, haberte embarazado y luego… haberlo perdido?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Oops! Casada con el chico equivocado